Claudio Gutiérrez

Es indudable que nuestro tiempo asiste a una crisis de las ideas político-liberales, hijas de la Ilustración europea, que tanto contribuyeron a la plasmación de nuestra nacionalidad y a la de los otros países latinoamericanos. Lo que en el siglo XIX costó mucha sangre, la libertad política, hoy se mira como un valor de segunda clase, que debe ceder ante consideraciones más importantes. El ataque contra el liberalismo político, curiosamente, viene de dos frentes profundamente antagónicos. Por una parte está la juventud impaciente y de aguda conciencia social: para ella el liberalismo político debe irse junto con su hermano el liberalismo económico, puesto que este último ha demostrado que no puede construir una comunidad justa y humana. Por otro lado está la actitud de la minoría económicamente privilegiada, que pone restricciones a la libertad política a fin de inmunizar su posición contra críticas de fondo y reformas radicales. Así las cosas, la libertad política se está quedando sin amigos. A riesgo de quedar mal con moros y cristianos, ensayemos su defensa.

El liberalismo político es uno de los grandes logros de la cultura humana. Hasta donde ello sea posible, no debemos menguarlo en favor de otros valores; debemos más bien perfeccionarlo para la obtención de esos valores. En particular, no creo que la seguridad de los poderosos sea un valor en atención al cual debamos limitar las libertades políticas. En tanto en cuanto la sociedad es democrática debe ser también una sociedad abierta; con mucho más razón, una democracia tan imperfecta como la nuestra que está muy lejos de haber llenado las aspiraciones justas de sus habitantes. Debemos estar dispuestos a oír toda clase de propuestas, incluso de renovación honda, cualquiera que sea la orientación doctrinaria que las inspire. La elección de camino que entonces hagamos será completamente racional, pues se hará con pleno conocimiento de causa.

Se ha dicho que la democracia política no es el mejor sistema de gobierno sino simplemente el menos malo; convengo en ello. Si nos preguntamos en qué consiste esta relativa superioridad, debemos contestar que la democracia es el único sistema capaz de autocorregirse frente a sus equivocaciones. En un sistema totalitario quizá podríamos construir la ciudad ideal; pero seguro que nunca sabríamos si la hemos logrado. Un sistema que excluya la crítica y la oposición jamás podrá estar seguro de que acierta.

En nuestro sistema político esa crítica y esa oposición se garantizan en forma eminente por la libertad de organizar partidos políticos; de ahí que la norma que limita dicha organización pueda señalarse como incongruente con la inspiración político-liberal de nuestra Constitución. Nuestro sistema sería más coherente y más sano si no tuviera esa restricción.

En política es muy difícil estar seguro de haber acertado. Asegurémonos por lo menos, por los medios a nuestro alcance, de que ningún ciudadano que tenga dudas serias sobre la orientación de los asuntos nacionales se quede sin la oportunidad de manifestarlo.

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