Claudio Gutiérrez

La ignominia de la violación de Checoslovaquia ha seguido su curso, lenta pero inexorablemente. A la maldad inicial del acto se ha venido a añadir la malévola intención de los rusos de transformar su atropello en una "violación consentida". Pero el atropello moral sola añade agravio al atropello físico y no puede disminuir en nada la intensidad de nuestra indignación. En medio de esta triste situación solo hay un aspecto favorable: la posibilidad, señalada por The Observer de Londres, de que esta abominable intervención sea signo de que el imperio ruso haya entrado en los espasmos de la agonía. Según dicha opinión, la invasión a Checoslovaquia no fue simplemente un crimen: fue un error de proporciones históricas. Al enviar sus tropas los rusos han confesado la debilidad del sistema soviético y al mismo tiempo aumentado esa debilidad.

La acción soviética exige una condenatoria; pero eso no debe querer decir que la consideramos una aberración, pues no lo es en absoluto. Cae más bien en un esquema familiar: el reflejo condicionado de todo régimen intensamente conservador y autocrático frente a cualquier reto a su autoridad y a la demanda de cambio (por simple comparación puede tenerse en cuenta la actitud de la Curia Romana frente a las tendencias liberalizadoras que desató Juan XXIII). Un régimen teocrático y absolutista sencillamente no puede permitir la actitud inquisitiva, el derecho a disentir, ni mucho menos el desacuerdo organizado.

Nos preguntamos qué sucederá ahora. Es probable que el Kremlin encuentre que la represión se engendra a sí misma y entre de lleno en una reacción en cadena de intolerancia creciente. Aunque es también posible que la intervención produzca un efecto contrario, a saber, pérdida de prestigio de los líderes soviéticos en los distintos partidos comunistas (con la justa excepción del costarricense, por supuesto). Puede incluso ser que las tropas que retornen a la patria lleven consigo el virus de la revolución, como ya sucedió en 1917. Lo más probable es que suceda una mezcla de las dos cosas: después de un período de represión, los dirigentes rusos tendrán de nuevo que ceder ante la presión de cambio. Esto puede venir dentro de unos meses, años o decenios; parece inevitable que venga, dada la debilidad esencial del aparato imperialista.

Para Occidente es importante tomar en cuenta que el acto ruso es producto del miedo. En otras oportunidades, tal vez el atropello de Hungría, actos parecidos pudieron atribuirse al designio de conquista del mundo. Pero esta vez el comunismo ha dejado de ser un movimiento monolítico: las condiciones son diferentes. Las otras potencias deben vérselas no con la fuerza de Rusia, sino con su debilidad, la que puede ser muy peligrosa. Un gran poder inseguro de sí mismo tiende a reaccionar fuera de tono ante acontecimientos adversos. El reto para los países amantes de la paz sigue siendo el mismo de antes de la intervención, pero ahora debe ser perseguido con más cuidado y firmeza: cómo crear condiciones en el mundo que contribuyan a mantener la paz y sean favorables al cambio político ordenado en todos los pueblos.

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