Claudio Gutiérrez

Aristóteles, un filósofo pagano, elaboró una teología conforme a la ciencia y a la visión del mundo de su época. Tal teología, que se basaba en la idea de "sustancia", sirvió más tarde para expresar de una manera rigurosa las verdades de la fe cristiana. De un modo semejante, pensadores de nuestro tiempo han creado teologías que van de acuerdo con la ciencia y el punto de vista contemporáneo; es de esperar que con el tiempo las ideas de estos pensadores sirvan para expresar también el mensaje cristiano a hombres que no tienen ya relación con las ideas y modos de vida de los antiguos griegos.

Aristóteles concebía a Dios como un ser inmutable, fundamento y culminación de un universo poblado de substancias, es decir, de seres terminados y más o menos permanentes, cuyas relaciones no afectaban su identidad ni autonomía. Tal universo correspondía muy bien al mundo antiguo, mundo limitado y poblado por objetos de tamaño mediano, antes de que el telescopio y el microscopio hubieran descubierto lo infinitamente grande y lo inmensamente pequeño. El hombre contemporáneo posee una concepción del mundo muy distinta: no hay para nosotros "substancias" o seres terminados e independientes, sino acontecimientos y seres que se hacen, sucesos que se interpenetran recíprocamente o personas en desarrollo que influyen radicalmente unas en las otras. Todo esto lo enseñan las doctrinas científicas de hoy: la teoría de la relatividad, la teoría de la evolución, la teoría de la interacción social.

La nueva visión del mundo encuentra su más perfecta integración en el concepto secular de Dios que han plasmado grandes pensadores de nuestro siglo. Citemos entre ellos concretamente a Alfred North Whitehead, a Teilhard de Chardin, a Ernst Bloch. Cada uno de estos pensadores ha elaborado un esquema teológico que se basa respectivamente en una de las grandes disciplinas científicas del momento: física, biología, sociología.

Para la teología de Whitehead, inspirada en la teoría física de la relatividad, Dios no es un ser inmutable, pensamiento puro, aislado de su creación, como el Dios de Aristóteles. Todo lo contrario. Es un Dios-proceso, que se hace y supera incesantemente como el universo físico en expansión, al cual incluye. Es un Dios capaz de afecto, infinitamente receptivo, que no solo actúa sobre todos los seres sino que recibe, en su inmensidad, la acción de todos los seres.

El Dios de Chardin, por su parte, es la conciencia suprema, culminación de toda la evolución cósmica; no reina sobre un mundo dualista de espíritus y cuerpos, sino sobre un único desarrollo ascendente de esa "santa materia" cuya cara interior es la conciencia.

El Dios-futuro de Bloch, por último, se revela en la experiencia de la enajenación del hombre en sociedad, en la aspiración de libertad que se ve impedida por estructuras creadas por el hombre mismo. Dios es el ser de lo porvenir, de lo que todavía no es pero será; nos llama a la autosuperación y a la crítica de las situaciones e instituciones existentes.

Dios-proceso, Dios-conciencia, Dios-futuro: Trinidad contemporánea que pide de nosotros toda nuestra acción, contemplación y esperanza.

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