
La lucha por los derechos del hombre es, y será, tan larga como la historia, porque es la lucha del hombre por emanciparse del hombre mismo. Algo se logra en esta lucha, a veces en espectaculares batallas, como la Revolución Francesa o la Revolución Rusa, para caer inmediatamente en nuevas formas de sujeción, llámense bonapartismo o stalinismo, ejercidas en nombre de los propios principios recién descubiertos. El deseo de esclavizar se refugia fácilmente en movimientos humanitaristas y benévolos que se pregonan, muchas veces con sinceridad, ejercicios en provecho de todos los hombres. De esta culpa no está exenta la acción del Cristianismo; tampoco lo está la tan loada dedicación de los padres al bien de sus hijos.
Decía Kant que el deber supremo de un padre no es amar al hijo; el amor puede destruir o deformar al ser querido. El primer deber del padre es respetar al hijo, es decir: fomentarlo como persona. Es fácil faltar a ese deber y son pocos los padres que respetan íntegramente a sus hijos. Igualmente, son abundantes las instituciones, creadas para defender al hombre, que lo irrespetan y esclavizan; muchos los regímenes políticos o religiosos que disminuyen al hombre en nombre del amor al hombre. A veces es mejor que nos enfrenten sin amor alguno: estamos entonces libres para reclamar nuestra dignidad y asegurar nuestros derechos.
Caso patético de esta "paradoja del amor" es el contraste en la evolución de las garantías de los derechos humanos en los planos civil y eclesiástico. La libre investigación, por ejemplo, está asegurada en las disciplinas profanas, salvo en regímenes totalitarios, desde hace ya tiempo. En cambio, la libre investigación teológica no es sino ahora que está siendo reclamada, por lo menos dentro de la Iglesia Católica. Schillebeeckx, Congar, Shenú, y otros hasta contar cuarenta nombres famosos, se han dirigido recientemente al Papa pidiéndole esa libertad de investigación. Le hacen ver que las concepciones teológicas erróneas que él teme no pueden ser corregidas con medidas de coacción sino únicamente mediante la discusión científica objetiva en que la verdad tenga la posibilidad de convencer por su fuerza intrínseca. "Toda forma de inquisición", le dicen, "por sutil que pueda ser, perjudica al desarrollo de una sana teología y además daña grandemente la credibilidad de la iglesia en el mundo de hoy".
Principios esos que sería ocioso alegar en el terreno de la investigación civil, pues están universalmente reconocidos.
La carta de los teólogos culmina con varias demandas concretas de reforma a los usos de la Congregación para la Defensa de la Fe. Una de ellas me impresiona sobremanera: solicita que los juicios sobre posibles errores se lleven a cabo conforme a un procedimiento establecido y con plena oportunidad de defensa. O sea, que el derecho canónico no ha incluido hasta ahora esas elementales garantías de derechos humanos fundamentales, la publicidad del procedimiento y el derecho de defensa. Pero ¿por qué se le iba a ocurrir pensar en garantías a un poder maternal y amoroso, ejercido siempre "en caridad" y por el bien de los fieles?
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