
El desembarco lunar que estamos celebrando en estos días es un acontecimiento esencialmente humanista. Es un triunfo del hombre por métodos eminentemente seculares, no místicos. Es indudable que tendrá repercusiones importantes en las actitudes religiosas de las masas. Como acontecimiento humanista es la culminación de un proceso de libre pensamiento e interés por "las cosas de este mundo" que empezó en el Renacimiento. El acto en cuestión da gloria a Dios, como predicadores de todas las confesiones nos han repetido en estos días, pero solo indirectamente, en cuanto que da gloria al hombre, imagen de Dios. El acto es religioso solo para una teología, por así decirlo, de segundo grado, pauta indispensable de toda religiosidad del futuro. Las religiones capaces de adaptarse a esta norma sobrevivirán; las que no lo sean, muy probablemente serán arrasadas de la faz de la Tierra.
El acontecimiento es el último toque de la crítica práctica a una religión materialista que supone a Dios en un cielo y al cielo ocupando un lugar determinado en el Universo. Para la religiosidad futura todo esto es lenguaje simbólico: Dios o el alma no ocupan lugar del Universo o del cuerpo, deben ser interpretados psíquica y no físicamente; y el cielo no es un pedazo de espacio sino un estado de la conciencia individual y cósmica.
El acontecimiento es el último toque de la crítica práctica a una religión mágica que supone que Dios interviene en la naturaleza y la historia, a las órdenes de un método místico caracterizado por la plegaria. La hazaña más portentosa de la historia no ha sido fruto de la oración, ni de un milagro, sino producto del esfuerzo humano a través de una rigurosa cadena de causas y efectos. La plegaria del futuro se distanciará radicalmente del conjuro interesado, y deberá ser una obra de dedicación de nuestro ser al bien de todos y un esfuerzo de sintonizarnos con el ritmo del Cosmos.
El acontecimiento es el último toque de la crítica práctica a una religión cerrada que supone al hombre necesariamente circunscrito a límites que no puede traspasar, so pena de castigos y maldiciones, a la manera de las fronteras del huerto bíblico con el árbol de la ciencia del bien y del mal. Con esta hazaña ha desaparecido todo límite previsible o prefijado de lo que el hombre sea capaz de hacer y se ha hecho ridícula y minúscula la dogmática de la "naturaleza humana"; los cánones del hombre de ayer no pueden valer para el hombre de mañana. La religiosidad del futuro en vez de ser catálogo de negaciones será intensa exploración de posibilidades, que diga a la ciencia y a la técnica lo que es viable y valioso para la expansión y superación del ser humano.
La religión de la era espacial, la religión cósmica, deberá ser humanista, no teísta ingenua; espiritual, no materialista. No mágica y negativa, sino abierta, positiva y racional.
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