
Los antropólogos han establecido más allá de duda razonable que el orden humano es esencialmente un orden moral: ahí donde hay sociedad humana existen valores, orden moral. En este sentido podemos decir que la moral es algo natural en el hombre; no puede existir sociedad, especialmente sociedad primitiva, sin un sistema de valores. En cambio, no hay un "orden moral natural", el mismo para todas las sociedades, una escala de valores transcultural a que todas las sociedades debieran adaptarse. De hecho, cada sociedad primitiva ha identificado su orden moral con la definición misma de orden humano; así para los habitantes de la selva de Ituri hay cuatro especies de seres vivos: personas, pigmeos, chimpancés, y otros animales; para los griegos, había personas (los griegos), y bárbaros (los demás hombres).
El desarrollo de la técnica y el contacto permanente entre distintos pueblos debilita esta concepción del absolutismo de la moral. Ello coincide con el desarrollo de la civilización urbana. En palabras de Spengler, con la ciudad aparecen hombres "sin tradición, tremendamente positivos, sin religión, astutos, infecundos, profundamente despreciativos del hombre de campo". La lucha moral comienza entonces, entre la moral tradicional, propia de la provincia, y el escepticismo moral, propio de la ciudad; antes del surgimiento de la ciudad solo había lucha física, en la que cada tribu buscaba el exterminio de la otra, no su conversión al propio sistema de valores. La relación entre campo y ciudad es tan estrecha que exterminio sería sinónimo de autodestrucción; surge la tensión y el proselitismo como sustituto del intento de aniquilación física.
Una sociedad aislada y en desarrollo lento, como la primitiva, no tiene problemas morales en sentido moderno; tampoco tiene especialistas en moral que den orientación a sus miembros. La moral es segregada espontáneamente por el grupo, conforme nuevas situaciones lo van exigiendo. La adaptación de los valores a hechos nuevos tiene tiempo de realizarse naturalmente, y no se producen dislocaciones. En la sociedad urbana, en cambio, la integridad y fuerza constructiva del orden moral se debilitan; según lo señala el antropólogo norteamericano Robert Redfield, en ella el orden técnico se adelanta desmesuradamente al orden moral espontáneo. De ahí que la sociedad urbana viva normalmente en estado de confusión, y sus miembros en contienda permanente sobre orientaciones y guías para la vida. La grieta fundamental que divide a estos no es, como suele proclamarse, el abismo entre generaciones; es el abismo entre los que quieren regresar a la seguridad de la moral tradicional, tribal o provinciana, y los que ven como inevitable su abandono en favor de la construcción, necesariamente artificial, de una nueva moral adaptada al universalismo y ritmo rápido propios de la civilización tecnológica.
Ante el hecho de que el desarrollo técnico hiere de muerte a la moral tradicional, espontánea o natural, no corresponde ignorar ese desarrollo y volver atrás; corresponde mirar adelante, y aplicar las ideas engendradas por ese desarrollo para la edificación racional y consciente de nuevos valores. Si la moral natural era segregada espontáneamente por el grupo social, la moral artificial debe ser creada profesionalmente.
Tal la tarea secular del reformador ideológico, político o religioso.
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