
Allí estaba ella, pequeña pero al mismo tiempo grande; familiar y también extraordinariamente lejana; hecha de polvo como yo, y sin embargo dotada del brillo que poseen las estrellas. Viéndola así, de cerca, no parecía una piedra común. Pero, pese a la propaganda y a mis propias expectativas inconscientes, no era más que eso: una roca. Podía verla y tocarla, y sabía que los científicos la habían analizado en sus laboratorios. Materia pura y simple, no quintaesencia. Si la hubiera dejado caer, ¡oh maravilla!, habría volado hacia la madre tierra y no en busca de su lugar natural.
Esta roca significaba el primer experimento práctico de una teoría relativamente reciente, la Ley de Gravitación Universal de Sir Isaac Newton ("Todo cuerpo en el Universo atrae a todo otro cuerpo..."). Y de una hipótesis anterior, la idea de Copérnico, por la que tanto sufrió Galileo, de que los cuerpos celestes no estaban hechos de un material divino (la "quinta esencia") sino de los ordinarios "cuatro elementos". Era sorprendente que estas tesis tan importantes hubieran estado por trescientos años sin comprobación directa, colgando del puro aire (el material del que están hechos los sueños, y las teorías). Ahora teníamos la comprobación; pero, claro, no era ya necesaria: nuestros "sueños" (los de Copérnico y Newton) habían sido tan coherentes y tenido tanta fuerza explicatoria, que habían sido aceptados por la humanidad, sin necesidad de prueba sensible, desde hacía largo tiempo.
Había habido una época en que todo esto había parecido muy diferente. Platón y Aristóteles, contemplando los fenómenos naturales y meditando sobre ellos, habían llegado a la conclusión, única sensata, de que tierra, agua, aire y fuego tendían cada uno a su lugar natural; la tierra, el más bajo; el fuego, el más alto. Como no habían podido imaginar un fuego tan excelso que llegara hasta los Cielos, habían propuesta la quintaesencia como material divino del que estuvieran hechos los astros. Y si los cuerpos tenían lugares naturales que ocupar, también los hombres: en el orden social, cada persona y cada estamento debía cumplir la Justicia sirviendo gozosamente, desde su puesto obligado, a su "señor natural". Esta roca nos decía que tal orden social no estaba respaldado ya por el Cosmos; nos lo decía tarde, pues los mitos que aceptábamos ahora no eran ya los mismos de la Grecia antigua o de la Edad Media.
La roca me traía otras resonancias: no sólo me hablaba como Newton o como Aristóteles; oía rebotar en ella la voz inquisitiva de Jesús: "–¿Quién de vosotros, si su hijo le pide un pez le dará un escorpión, o si le pide pan le dará una roca?... Andáis exigiendo prodigios en el cielo... el prodigio más grande de todos sería vuestra propia conversión–" Y la roca parecía continuar, repitiendo de memoria e interpretando a su manera: "–¿Qué es más fácil, decir 'levántate y anda sobre la Luna', o decir a un hermano 'tus pecados te son perdonados'?–".
Y mientras las ofensas daban lugar a otras ofensas, y las guerras pequeñas se hacían más y más grandes, los hombres de Occidente nos regocijábamos alrededor de esta roca, valorada en 25 millones de dólares, festejando el triunfo de Aldrín, Newton y Copérnico.
Una vez, hace ya mucho tiempo, los hijos de Moisés bailaron alrededor de un becerro de oro.
Copyright © 1969-2002 Claudio Gutiérrez