La Nación, domingo 8 de setiembre 2002

Aniversario del 11 de Setiembre:

Raíces culturales del odio musulmán
a los Estados Unidos

Claudio Gutiérrez

El ideal de que el ser humano (por lo menos el varón no esclavo) está hecho para alcanzar la felicidad en esta vida tiene raíces antiguas en la cultura occidental. El filósofo griego Aristóteles la formulaba ya como la tendencia de cada ser a realizar la plenitud de sus potencialidades. Este concepto venía a sobreponerse al de su predecesor Platón, para quien este mundo no era más que pobre reflejo de una vida anterior que habríamos pasado en una especie de cielo abstracto. Lamentablemente, el realismo de Aristóteles no estuvo en boga mucho tiempo. Durante el Imperio Romano, los neoplatónicos revivieron la antigua teoría, aunque esgrimiéndola en sentido inverso: la felicidad consiste en ascender paulatinamente de vuelta al cielo de Platón. Los Padres de la Iglesia absorbieron estas ideas y el ideal aristotélico de felicidad en esta vida quedó desplazado por el muy distinto que imperó en la Edad Media: la vida como peregrinación hacia la felicidad eterna. La idea aristotélica de felicidad en esta vida quedó sepultada bajo un concepto contrario, aplicado de preferencia a las descendientes de Eva: la vida presente como "valle de lágrimas".

A pesar de intentos para revivir el humanismo clásico en el Renacimiento, una reformulación moderna del ideal de felicidad en esta vida tendría que esperar la obra de los filósofos empiristas británicos, en especial los utilitaristas ingleses, quienes acuñaron el criterio ético de "mayor felicidad para el mayor número". En el Nuevo Mundo, este ideal quedaría entronizado como dogma político con la obra de Thomas Jefferson, cuyo principio de la "prosecución de la felicidad" está plasmado hoy en mármol en su hermoso monumento rodeado de cerezos a la orilla del río Potomac.

Desde entonces, y hasta nuestros días, la búsqueda de la felicidad individual (base de la colectiva) prosperaría como la filosofía popular más aceptada en los Estados Unidos. Daría pie a consecutivas revoluciones para la liberación de las costumbres –de hombres y mujeres– que se extendería como lava ardiente por el mundo a partir de la Segunda Guerra Mundial. Chocaría con la cultura religiosa, herencia de la época medieval, representada por la Iglesia Católica, especialmente en Irlanda, España y América Latina. No obstante, este choque produciría pocas chispas, y la erosión del puritanismo progresaría sin cesar en los países católicos. El Protestantismo, por su parte, ofrecería poca resistencia en los países europeos. En los Estados Unidos, se atrincheraría solo como fundamentalismo, aunque casi con exclusividad en relación con el aborto. En ese campo, en nombre del "respeto a la vida", los fundamentalistas no se detendrían ni ante el terrorismo ni ante el asesinato.

Pero la verdadera reacción de la tradición religiosa contra la búsqueda de la felicidad en esta vida y su generalización anglosajona en favor de las mujeres vendría a ocurrir –en forma masiva, feroz e insidiosa– de parte de la cultura musulmana. Los países islámicos viven hoy bajo el mismo ideal de búsqueda de felicidad en otra vida que caracterizó a la Edad Media, con todo el misoginismo, la doble moral, el oscurantismo y la dictadura intelectual que caracterizó esa época teocrática. No en vano la muerte de Mahoma ocurrió seiscientos años después de la de Jesús, lo que coloca la agresividad del mundo musulmán en el mismo punto de ebullición en que se hallaba la del católico al abrirse el siglo XV. Comenzaban entonces las sangrientas guerras de religión, estaba aún por nacer Juana de Arco y todavía no había sucedido la horrible masacre de protestantes, al repique de campanas de las iglesias de París, durante la aciaga noche de san Bartolomé.

No es de extrañar que la furia religiosa de los musulmanes se haya concentrado en combatir a los norteamericanos, defensores de la igualdad de género, la sociedad abierta y la democracia; pero, sobre todo, campeones de la obtención de la felicidad en este mundo. Por encima de los países europeos, ha sido en los Estados Unidos donde el ideal de la felicidad en esta vida ha tenido el éxito más rotundo. Para el catolicismo de hace 600 años, el humanismo de la Antigüedad –su antípoda– era solo reliquia de un imperio derrumbado. El enemigo del islam hoy, en cambio, es un imperio viviente y potente. Es explicable que, en la guerra santa contra este Satán, el musulmán devoto considere que valga la pena sacrificar esta vida para obtener una felicidad eterna en la otra.

Copyright © 2002 Claudio Gutiérrez