Al abuelo cuentacuentos se le perdió el nombre

home Claudio Gutiérrez up


Este cuento lo prouncié como "cuentista invitado" en la sección "prepa B" de la Saint Mary's School el día 3 de junio de 2003. Fue mi primera experiencia con el género. Como ustedes verán, me permití muchas libertades con respecto a la verdad histórica a fin de poder mantener entretenidos a quince chiquillos durante treinta minutos. Creo que tuve éxito. Para sostener su atención tanto tiempo recurrí de vez en cuando al innoble recurso de intercalar una que otra "frase malcriada"; la mayoría de ellas, por respeto a mis lectores adultos, no las he incluido aquí.


Buenos días niños; soy un abuelo cuentacuentos, palabrero de profesión pues me dedico todo el tiempo a jugar con palabras que es lo único que aprendí a hacer y les vengo a contar un cuento porque los cuentos están hechos de palabras. No les puedo decir mi nombre porque lo perdí hace un tiempo, seis años y seis meses, para ser exacto. El cuento que quiero contarles se trata precisamente de cómo me sucedió ese serio accidente.

Resulta que la noche anterior me había acostado tarde muy cansado porque había estado jugando demasiado rato con palabras y eso cansa mucho y da mucho sueño. Me dormí profundamente y solo soñé en algún momento que alguien me hacía cosquillas pero sin que me despertara por eso. Cuando en la mañana desperté, ya muy descansadito, me levanté a hacer pipi y a lavarme los dientes y cuando me vi en el espejo me di cuenta que había desaparecido mi nombre. Me dio tanto susto que salí corriendo a meterme otra vez en la cama, porque eso es lo que hacemos los viejitos cuando nos pegamos un susto: volver a meternos entre las cobijas. Ya ahí, cuando me volvió el resuello, metí despacito la mano debajo de la almohada para ver si ahí estaba mi nombre, pero ni modo. Metí la cabeza entre las cobijas para ver si estaba ahí, y tampoco. Entonces bajé la cabeza para asomarme debajo de la cama y, ¡cataplúm! caí de culo en el suelo, pero tampoco lo encontré ahí. Registré el cuarto, las gavetas y el clóset, ¡y nada! Ya me iba a poner a llorar porque había perdido el nombre cuando sonó el teléfono. Era mi hijo Manuel, el papá de este chiquito que está aquí a mi derecha en primera fila, que se llama Claudio Gutiérrez y además es mi nieto número diecisiete, muy querido.

Pues bien, mi hijo Manuel llamaba para contarme que esa noche le había nacido su hijo número cuatro, este mismo niño de seis años que ustedes conocen y aprecian mucho. Y me contó también que había nacido llorando como todos los bebés, pero había seguido llorando inconsolablemente porque sentía frío, y la mamá su esposa le había pedido que fuera a conseguirle un nombre para envolverlo, pero que debía ser un nombre largo y pesado para que cumpliera ese propósito. Entonces pensó que "Claudio Gutiérrez" iría de perillas, porque es un nombre de diecisiete caracteres (¡qué casualidad!) lo cual es largo, y lleva tres diptongos, dos erres, una tilde y un palito de la T, todo lo cual lo hace bastante pesado. Entonces Manuel había venido a mi casa, se había metido por una ventana, había entrado sigilosamente en nuestro cuarto, sin despertarnos ni a mi esposa ni a mí, aunque me había hecho cosquillas para que soltara el nombre, y se lo había llevado al Hospital. Cuando envolvieron al bebé en esa cobija tan buena paró inmediatamente de llorar y se chupó el dedo muy satisfecho. Me pidió perdón por el atrevimiento pero dijo que era con buena intención y para mi beneficio, porque de todos modos lo hubiera podido usar solo unos pocos años más y en cambio un bebé acabado de nacer tenía toda una vida por delante y cada vez que llamaran a comer al nuevo Claudio Gutiérrez, o que lo regañaran por malcriado, se iban a acordar de mí, lo cual era algo que de seguro me complacería mucho. Yo encontré la explicación muy razonable y recordé además que de todos modos yo no era el primer Claudio Gutiérrez que había existido, sino por lo menos el segundo porque antes que a mí el nombre había pertenecido a mi tío, el hermano menor de papá, muerto un año antes de que yo naciera. Y papá me había puesto así porque quería mucho a su hermano y cuando me regañaba y me decía por ejemplo "¡Claudio, no diga malas palabras o le rompo la boca!" se acordaba tanto de su hermano que se le llenaban los ojos de lágrimas. Y es que ese Claudio Gutiérrez que murió un poco antes de que yo naciera no había muerto de cualquier cosa, ni de un resfrío ni por haberse caído de una bicicleta: había muerto de amor, figúrense ustedes: ¡DE AMOR!(1)

Lo que sucedió fue lo siguiente: cuando mi tío cumplió dieciocho años decidió irse a correr mundo; se fue a Limón, se contrató como marinero en un barco y terminó lavando carros en Nueva York. En esa gran ciudad había muy pocos autos en ese tiempo, pero todos los lavaba él. Un día en que estaba lavando un carro muy elegante se enamoró perdidamente de una muchacha lindísima que venía adentro porque a los papás se les había olvidado bajarla cuando le dejaron el carro para que lo lavara. Y ¡vean qué coincidencia! esa muchacha, tan preciosa como una princesa (de las bonitas, porque también hay feas), se llamaba Claudia. Claudio la descubrió cuando terminaba de limpiar un vidrio y como por arte de magia apareció allí un rostro de muchacha fabuloso y nunca visto; se enamoró inmediatamente. Y Claudia, adentro, cuando la ventana se fue aclarando de la espuma de jabón vio de repente un rostro de joven galán fabuloso y nunca visto y se enamoró también inmediatamente.

Así sucedió. Pero ¡vean qué tristeza!

Estos son los primeros tres versos de una poesía que dediqué a mi tío, pero eso lo contaré después. Resulta que los papás de Claudia eran de una religión distinta a la de Claudio –que era la Católica, Apostólica y Romana–. Y es que muchas gentes de distinta religión se dan a odiar a muerte entre sí y todavía ahora en nuestros tiempos se matan por eso en muchos países unos a los otros. Lo cierto es que no los dejaron casarse. Y el pobre Claudio Gutiérrez (mi tío) se enfermó gravemente y se fue muriendo de amor. Es una historia bastante triste, pero contiene algo muy valioso y es que Claudio y Claudia se querían a pesar de pertenecer a diferentes religiones. Así debía de ser siempre. Y la parte mala de la historia es que Claudio Gutiérrez mi tío se dejara morir por una mujer, pues es bueno quererse pero no tanto, no señor, de ninguna manera. Pero lo cierto es que así sucedió. Y como el nombre que tenía ya no le iba a servir de nada, decidió arrancárselo antes de morir, lo dobló con cuidado, lo metió en un sobre, le puso una estampilla y se lo mandó a su hermano mi papá a Costa Rica con el siguiente recado: "Ahí te va mi nombre porque me voy a morir de amor; tal vez podás aprovecharlo para un hijo que te nazca y así te acordarás de mí".

Y por supuesto que se acordó, porque me lo puso a mí, y hasta yo me acordé también, porque el día que me contaron su historia, cuando tenía como la edad de ustedes, tal vez un poquito más, decidí hacer una poesía sobre lo que le había pasado. Pero eso sí cambiándolo un poco para que la historia terminara bien, porque eso es una de las cosas que podemos hacer los palabreros, cambiar las historias para que resulten mejores que la realidad. Porque ustedes han de saber que yo a esa edad ya era palabrero, o mejor dicho palabrerito. Pues lo cierto es que escribí mi primera poesía, sobre Claudio y Claudia. Esa poesía comenzaba con los versos que ya les dije, "Claudio y Claudia se querían pero era un amor contrariado pues sus padres se oponían". Pero los versos que siguen ya no me los sé, solo los dos últimos, porque en toda poesía los versos más importantes son los tres primeros y los dos últimos y esos nunca se olvidan. Después de los tres primeros versos que les dije, lo que seguía y se me olvidó contaba que Claudio se compraba una escalera grandotota con los ahorrillos que llevaba hechos lavando carros en Nueva York y que una noche la llevó solito alzada y la apoyó en la pared del rascacielos donde vivía Claudia. Subió por ella hasta el piso ochenta y dos, donde estaba el cuarto de Claudia, le tocó la ventana para despertarla, ella la abrió y se bajaron juntos hasta la calle donde los esperaba un coche de caballos de los que hoy pasean a los turistas por el Central Park. Y así se fueron juntos hasta una iglesia de una religión que no era ni la de él ni la de ella, porque en Estados Unidos hay más religiones que gente, y ahí los casó el ministro encargado, una vez que pudieron despertarlo. Yo ya sabía, a la tierna edad en que escribí esa poesía, que a las muchachas solteras se les decía "señoritas" y a las mujeres casadas se les decía "señoras". Por eso escribí, para terminar la historia con un final feliz, los siguientes dos versos:

Pero todavía les quiero contar algo más sobre Claudio Gutiérrez mi tío, cómo comenzó su vida. Porque fue un comienzo feliz. Los cuentos de hadas comienzan siempre con algo malo y terminan con algo bueno. Por ejemplo, la Cenicienta comienza lavando los pisos de sus antipáticas hermanas y termina casándose con un Príncipe, que seguro era también zapatero porque andaba probándole zapatos a todas las nenas del barrio(2). Pero como mi historia es triste, por eso la estoy contando al revés: primero la muerte por amor de Claudio Gutiérrez mi tío y hasta ahora la salvación milagrosa y dichosa con que comenzó su breve existencia. Veamos cómo fue.

Resulta que en el año de 1910, hace tanto tiempo que faltaban todavía veinte años para que este palabrero naciera, hubo un terrible terremoto en Cartago, la ciudad donde yo nací y donde también había nacido Claudio Gutiérrez mi tío que por entonces era solo un bebé que apenas podía sentarse. Pues resulta que él dormía en un coche como los que había antes, especie de cunitas de mimbre con unos tubos largos de metal que servían para agarrarla y arrastrarla sobre sus enormes ruedas como de bicicleta. Su cuarto daba a la calle y los tubos estaban orientados hacia la ventana mientras que la almohada sobre la que recostaba su cabeza señalaba hacia el otro lado del cuarto. Cuando ocurrió el terremoto mis abuelos, todos angustiados, se pusieron a buscarlo entre las ruinas de la casa y no lo encontraban por ninguna parte. El cochecito sí estaba, intacto y en el mismo lugar en que lo había dejado al comienzo de la noche. Y corrían por toda la casa y la vecindad gritando: "¿Dónde está Claudio, nuestro Claudito?", "¿Quién se robó nuestro bebé?" y cosas por el estilo. Pues resulta que al fin lo encontraron, adivinen dónde. Pues nada menos que sentado en el caño de la acera de la calle, exactamente al frente de la ventana de su cuarto a la que se le habían quebrado todos los vidrios al comenzar a temblar. "¡Milagro, milagro, Virgen de los Ángeles, nos lo has salvado!" gritaban mis dos abuelos locos de alegría. Lo que realmente había sucedido, como lo explica Joaquín Gutiérrez mi primo –un palabrero famoso– en un libro suyo, era que mientras nuestro tío bebé dormía boca arriba en su coche una viga se había desprendido del techo, caído sobre los tubos de donde uno lo halaba y la cuna se había empinado con fuerza, como una catapulta, lanzándolo por la ventana dando vueltas en el aire hasta aterrizar sentadito muy campante en el borde de la acera. De veras que la leche de esa abuela mía era muy buena, para haberle fabricado dos nalgas tan gorditas que le sirvieron para caer sentado como si fuera sobre dos almohadones.

Y colorín colorado, ESTE CUENTO ESTÁ ACABADO(3). Lo he contado al revés para que a ustedes les quede sonando algo agradable en los oídos y no vayan a andar por ahí diciendo que yo solo les cuento historias tristes. Y ayúdenme ahora a levantarme del suelo porque tengo que ir a contar cuentos a otra parte(4).

Copyright © 2003 Claudio Gutiérrez

NOTA 1: Las niñas del grupo hacen caras de embeleso en este momento.

NOTA 2: Aquí me interrumpe un niño muy gallardo para aclararme que no, que la razón por la cual les probaba los zapatos era bla bla bla. Le agradecí la aclaración tan oportuna y le prometí acordarme de su explicación la próxima vez que contara el cuento.

NOTA 3: La frase en mayúsculas la gritaron en coro todos los niños.

NOTA 4: Lo cual hicieron presurosos, como un enjambre de mosquitos que me hubiera caído encima. Y por supuesto era mentira que iba a contar otro cuento, pues habiendo sido esta la conferencia que me costó más preparar en toda mi vida ni amarrado me llevarían a ninguna otra parte a contarle cuentos a chiquitos.