Entrevistador: Rodolfo J. Rodríguez Rodríguez.
La presente es una entrevista al Dr. Claudio Gutiérrez Carranza, quien es una de las más connotadas figuras del ámbito intelectual costarricense y que tras una amplia y admirable trayectoria ha dado muchos aportes de carácter académico a las diversas universidades nacionales e internacionales para las que ha trabajado. Desde sus estudios primigenios en filosofía existencialista hasta sus investigaciones y aportes a la computación e informática y en los últimos años en este campo a la inteligencia artificial, siempre se ha caracterizado por una constante renovación, digna de ser tomada como ejemplo.
Don Claudio: Nos ha parecido importante entrevistarlo porque usted es una leyenda viviente en los medios intelectuales costarricenses, y creemos que es conveniente que las nuevas generaciones conozcan algunos detalles de su carrera para que les sirvan de inspiración.
Yo diría más bien que he dedicado mi vida a la reflexión y a la enseñanza y que de ambas he cosechado muchas satisfacciones. No puedo menos que recomendar mi estilo de vida a los jóvenes.
Díganos, por favor, ¿qué es y cómo se originó la inteligencia artificial, esa disciplina a la que usted se ha dedicado durante, al menos, el último decenio?
Es una parte de la informática que surgió entre las décadas de los cincuenta y sesenta de este siglo. Algunas personas le asignan como fecha de nacimiento la publicación por Alan Turing de un artículo en la revista Mind sobre la inteligencia de las máquinas. Hay bastante acuerdo en definir la disciplina como el intento de hacer que las computadoras sean capaces de realizar tareas que, cuando son efectuadas por seres humanos, decimos que manifiestan inteligencia.
¿Qué relación tiene la inteligencia artificial con la ciencia cognoscitiva?
Bueno, en realidad es parte de ella. La ciencia cognoscitiva es una disciplina interdisciplinaria surgida en la década de los setenta como confluencia de cinco disciplinas preexistentes que decidieron que estaban estudiando el mismo fenómeno con métodos diferentes: la lingüística, la epistemología, la inteligencia artificial, la ciencia del cerebro, y la psicología cognoscitiva.
¿Qué nos puede decir sobre el origen de los estudios de informática en Costa Rica?
La informática apareció en Costa Rica alrededor del año 1967. Cuando vine de obtener mi doctorado en la Universidad de Chicago me encontré con que la Universidad de Costa Rica había comprado una computadora de segunda mano en Canadá, IBM-1620, la famosa "Matilde" de la Facultad de Ingeniería. En esa facultad se dieron los primeros cursos de informática, que en realidad eran cursos del lenguaje Fortran, impartidos por la directora del Centro de Cómputo, la Ing. Clara Zomer (hoy decana de la Facultad). Más tarde apareció el Centro de Informática, como ente de servicio para toda la institución, al que se le asignaron funciones docentes y hasta la carrera de informática (evidentemente con un concepto erróneo de asignación de funciones dentro de una universidad); paralelamente surgió una carrera de ciencias de la computación en la Escuela de Matemáticas. Cuando fui rector me propuse ordenar un poco las cosas y, hacia el final de mi administración, logré que los cuerpos competentes aprobaran la refundición de todas las actividades docentes de informática en una Escuela de Ciencias de la Computación e Informática; se dejó al Centro de Informática como unidad de servicio técnico exclusivamente. Es la situación que todavía impera, y que parece satisfactoria, desde el punto de vista de organización universitaria.
Usted mencionó antes a "Matilde"; también sabemos que existió una "Clotilde".¿Qué nos puede decir de esas damas?
Bueno, tuve una relación personal bastante cercana con la primera de ellas, ¡como para pasar muchas horas de la noche solo con ella en un cuarto! Seriamente, fue la primera computadora con que tuve contacto, a partir de 1969. Durante unos cinco años me relacioné con ella como ahora me relaciono con mi computadora personal, gracias a la hospitalidad que me dieron en su compartimiento refrigerado los responsables de su operación. Generalmente me la prestaban en las noches y yo mismo la operaba. Era una máquina muy simpática, pese a sus reducidas capacidades, de acuerdo a los estándares de hoy. ¡Imagínese que solo tenía 40.000 posiciones de memoria, o sea, menos de 64K! Llegué a conocerla muy bien, e incluso a programarla en su lenguaje de máquina. A la otra "dama", una 360 prestada por la IBM a la Universidad, me tocó inaugurarla como rector, pero nunca la usé personalmente. Sin embargo, programé a una gemela suya en Las Cruces, New Mexico, también en lenguaje de máquina, durante el primer semestre de 1973, cuando estuve allá como profesor visitante.
¿Cómo comenzó esa aventura? ¿Tuvo algo que ver con sus primeros pasos en la inteligencia artificial?
Efectivamente. Durante mis estudios de doctorado desarrollé un sistema de notación lógica muy interesante, no en relación con mi tesis de grado, que se trataría de epistemología de la economía, sino más bien como entretención mientras ayudaba a mi esposa en las tareas de la casa; vivíamos en Chicago con todos nuestros seis hijos. Como resultado de esa investigación, diseñé un juego para enseñar lógica a niños escolares, que incluso probé con el primer grado de la escuela Saint Thomas the Apostle, adonde estudiaban mis hijos. A1 volver a Costa Rica me encontré con la noticia de que la U había comprado una computadora, y que Clara Zomer era su tutora. Yo no sabía nada de cómputo, pero un día, en la soda de Ciencias y Letras, le conté a Clara sobre mi juego, y ella me pidió que se lo enseñara a Matilde. Yo acepté, y le pedí que me pusiera a las órdenes un programador. Ah, no. Tendrías que programarla vos. Yo le dije que no tenía la menor idea de cómo hacerlo. No importa: yo te enseño. Y me enroló en el curso de Fortran que estaba dando entonces. Yo no me imaginaba lo que iba a significar para mí la aceptación de esa invitación de Clara.
¿Diría usted que le cambió la vida?
Precisamente, y en muchos sentidos diferentes. Incluso llegaría a cambiar mi profesión, por lo menos por un buen rato. De filósofo pasaría a investigador en inteligencia artificial.
Entonces, lo que usted hizo con Matilde tenía que ver con la inteligencia artificial, ¿es así?
Sí, aunque yo no tenía conciencia de ello en ese momento. Mi participación en el curso de Fortran fue muy extraña, porque yo captaba de la clase solo lo que me podía ayudar a escribir el programa para que la computadora pudiera jugar mi juego. Y comencé a escribir mi programa. El programa más horrible que uno pueda imaginarse, lleno de "go to"s, o sea, de instrucciones de "vaya a" que hoy día son prácticamente prohibidas por los principios de la programación estructurada (en ese momento tales principios todavía no existían, o por lo menos no eran generalmente practicados). El programa terminado parecía un plato de macarrones, pues los "pasos de control" iban de un lado para otro. Sin embargo, el programa funcionó. Era un programa de "prueba de teoremas", un capítulo de inteligencia artificial bastante desarrollado en ese momento en otras partes del mundo, pero yo no lo sabía (ni siquiera sabía que existía la inteligencia artificial como disciplina).
¡Qué curioso! Evidentemente, las condiciones científicas de Costa Rica eran diferentes a las de ahora, que tenemos hasta acceso a la Internet para que los científicos costarricenses se comuniquen con sus colegas de otros países.
Sin duda; estábamos prácticamente aislados del mundo. Mi doctorado fue uno de los primeros doctorados obtenidos por profesores costarricenses en el extranjero. Nada que ver con los programas sistemáticos de becas que me tocó impulsar como rector de la Universidad de Costa Rica. Aunque, en honor a la verdad, ya cuando fui decano de Ciencias y Letras, y con ayuda de una donación de la Ford Foundation y un préstamo del BID, habíamos enviado a un grupo de becarios a doctorarse en el extranjero.
¿Cuándo fue, entonces, que usted conoció por su nombre a la inteligencia artificial?
Varios años más tarde, cuando me invitó la New México State University a enseñar filosofía en Las Cruces. Enseñé introducción a la filosofía, un curso de lógica, y un seminario sobre Pablo Freire. Pero me quedó tiempo para asistir a un curso de inteligencia artificial, cuyo libro de texto, escrito por Nils Nilson, fue el primer libro de la disciplina que leí. Ahí también supe que Fortran era una opción horrible para escribir un programa de inteligencia artificial, y me pasé a lenguaje de máquina de la IBM360. Al regresar a Costa Rica dirigí una tesis (que nunca se concluyó) sobre lógica, con un algoritmo de inteligencia artificial, ya escrito en el lenguaje de máquina de Matilde. No sería sino mucho después, siendo ya rector, que descubrí a Lisp, el lenguaje preferido por los investigadores de inteligencia artificial, que había sido inventado por John McCarthy por el mismo tiempo en que se creó Fortran (fines de la década de los cincuenta).
Entendemos que usted fue contratado más adelante por la Universidad de Delaware, de la cual es ahora profesor, para enseñar inteligencia artificial. ¿Cómo se preparó para eso?
La inteligencia artificial como currículum propio no comienza a aparecer de manera generalizada en las universidades sino a partir de los años ochenta. La disciplina se integró reclutando personal preparado en otros campos, que por una u otra razón se habían interesado en este tipo de problemas. Las personas de mi edad que todavía enseñan inteligencia artificial en las universidades americanas e inglesas son o bien matemáticos de formación, o bien filósofos (lógicos la mayoría), o bien ingenieros. En los primeros decenios de la disciplina ni siquiera existían personas con grados en informática, que era una ciencia nueva (cuyos rangos los llenaban sobre todo matemáticos e ingenieros eléctricos). El fundamento de mi preparación es, por supuesto, la lógica, que aprendí en Chicago; pero además, durante los años de mi rectoría aproveché para ponerme al día en inteligencia artificial.
¿Cómo pudo hacer eso en medio de las labores tan pesadas del cargo de rector?¿No le consumían todo su tiempo las "luchas por el presupuesto"; las huelgas estudiantiles, y los conflictos con el presidente del Consejo Universitario?
Pues la verdad es que no. Desde que acepté el cargo me puse a mí mismo la restricción de que debía conservar una actividad académica seria. Pensé que podría ser la enseñanza, pero pronto deseché la idea, porque la corrección de exámenes requiere mucho tiempo y no produce ningún efecto de crecimiento intelectual. Decidí que seguiría leyendo, y de manera sistemática. Y además, decidí planear los múltiples viajes a los que un rector es invitado por diferentes gobiernos e instituciones internacionales para aprovecharlos en el desarrollo de mi nueva carrera. Así fue como visité casi todos los laboratorios de inteligencia artificial que existían en el mundo en la década de los setenta; y prácticamente pude conocer de manera personal a todos los investigadores famosos en el campo, que en esa época no pasaban de una treintena. En esos viajes recogí manuscritos aún no publicados de todos ellos, que leí con fruición y fueron en realidad el material de mi autoeducación en informática.
¿Cómo se conectó con la Universidad de Delaware?
Un día visitaron el país varias autoridades de esa universidad, y me tocó atenderlas como rector. Más tarde, recibí una invitación para dar una conferencia allá. La decana del College de Artes y Ciencias la oyó y le gustó mucho. Ahí mismo me ofreció que cuando terminara mi rectoría fuera a enseñar un semestre como "distinguished visiting professor", en el departamento de filosofía. Así lo hice. En ese momento (1981) Delaware no tenía ningún curso de inteligencia artificial. Les ofrecí dar uno y lo aceptaron. El resultado fue que al año siguiente me invitaron de nuevo como "distinguished visiting professor", pero esta vez en el departamento de "Computer and Information Sciences". Debe haberles gustado lo que ahí hice, porque al año siguiente me ofrecieron una posición en ese departamento, con el más alto rango ("Professor") e inamovilidad ("tenure"). Hoy día la inteligencia artificial es una de las cuatro áreas en que está dividido el departamento y los programas respectivos tienen renombre en toda la nación.
¿Qué opina usted sobre la situación de la inteligencia artificial en estos momentos?
Sin duda, la disciplina ha sido muy productiva. Muchos logros de la informática comenzaron siendo tópicos de investigación en inteligencia artificial, aunque tal vez ya ni siquiera se recuerda. Por ejemplo, los sistemas de tiempo compartido, los procesadores de palabras, las redes, la informática gráfica, y muchas otras cosas que son ahora del dominio común. También están, desde luego, los juegos, especialmente el de ajedrez. Últimamente han sido ya comercializados los llamados sistemas expertos, programas muy útiles que exhiben un considerable grado de inteligencia especializada. En cambio, el progreso en inteligencia general o sentido común y en lenguaje natural ha sido muy lento, ya que los respectivos problemas son muy difíciles. Algunas personas consideran que programar una mente completa es algo más allá de las capacidades directas del ser humano, individual o colectivamente considerado, y que solo podrá ser producida artificialmente (si acaso) por métodos evolutivos. Si eso fuera así, presenciaríamos en los próximos años una fusión de los campos de "inteligencia ar¬tificial" y "vida artificial".
¿Se estarán cumpliendo así los vaticinios de John Searle, y más recientemente Roger Penrose, sobre la imposibilidad de cumplir el programa de la inteligencia artificial?
¡Nada que ver! Si la vida artificial produce la inteligencia será por los mismos medios formales (y digitales) que Searle y Penrose repudian.
¿Cómo contestaría usted los argumentos contra la inteligencia artificial esgrimidos por esos dos autores?
Una crítica a los puntos de vista de Searle y Penrose es algo demasiado complejo para una entrevista periodística. En mi próximo libro Epistemología e informática, que publicará UNED en los próximos meses, le dedico al tema casi un capítulo entero. No obstante, puedo decir que tal vez lo más importante que puede objetarse a Searle es que en su experimento imaginario identifique a la persona que manipula símbolos chinos con el programa o la computadora que trata de comprender un cuento escrito en ese lenguaje. Esto ha sido señalado por los críticos como una "falacia de composición": la persona es solo una parte del sistema que comprende chino, y puede muy bien, por sí misma, no entender el chino, aunque el sistema como un todo lo entienda. Pero hay más: el argumento de Searle descalifica a los cerebros (a nosotros mismos) como seres que posean auténtica comprensión, ya que ninguna de la inmensa cantidad de sus partes tiene comprensión.
¿Y en cuanto a Penrose?
Su argumentación consiste en anunciar, al comienzo de su libro, que extraerá una refutación de la inteligencia artificial del estado de diversas ciencias contemporáneas, cuya situación actual resume en seguida. A1 final, de manera muy breve, pretende cumplir con lo ofrecido resucitando un argumento muy viejo y muchas veces refutado de J. R. Lucas, basado en la prueba de Gödel. Además, en su intento de desacreditar la inteligencia artificial como disciplina científica, cuestiona de hecho, si no de palabra, la tesis Turing-Church, admitida por todos los matemáticos. Pretende que eventualmente serán descubiertos procedimientos no-algorítmicos que se puedan mostrar como fundamentos de la inteligencia. Aquí Penrose agrega a la "falacia de autoridad" la "falacia por ignorancia": no solo se permite como físico estar en desacuerdo con todos los matemáticos, sino que afirma que existen procedimientos no-algorítmicos basándose simplemente en el hecho de que nadie ha demostrado que no los haya.
Penrose, ajeno a toda la temática trabajada por la inteligencia artificial a lo largo de los últimos cuarenta años, se refiere a los métodos de la disciplina como si fueran algoritmos del estilo de los que se necesitan para resolver problemas numéricos ordinarios. Pasa así desapercibido el hecho de que la programación de inteligencia artificial, también llamada programación heurística, descansa sobre todo en el manejo de símbolos, especialmente listas, de carácter no numérico. Pero además, como de lo que se trata es de emular los procedimientos del intelecto humano, que raramente actúa al estilo matemático sino por aproximación y basándose en hipótesis plausibles, casi nunca emplea directamente algoritmos rigurosos para realizar sus deducciones. La distinción que Penrose no hace es una distinción de niveles ontológicos, cuyos fundamentos analizo ampliamente en mi libro: en el nivel de la computación nuestros procedimientos son inseguros; aunque en el nivel de los mecanismos nuestros procedimientos son tan estrictos como la máquina Turing. A esta distinción, universalmente aceptada por la comunidad de inteligencia artificial, Penrose no le dedica ni media palabra. Para él la cuestión es saber si la inteligencia es algorítmica o no lo es, sin ninguna otra calificación. Esto denota falta de familiaridad con los campos de la epistemología, de la psicología y de la informática, en los cuales el tema de los niveles es omnipresente. ¡Definitivamente no basta ser físico para tener competencia en la resolución de todo tipo de problemas!
¿Qué nos puede adelantar sobre ese libro suyo? ¿Lo considera importante en su carrera intelectual?
Definitivamente. Por una parte, contiene el precipitado intelectual de mis experiencias como investigador en inteligencia artificial de los últimos doce años. Por la otra, significa mi retorno a temas estrictamente filosóficos. En resumen, creo que constituye mi obra más importante, obra de madurez y de síntesis de ideológica.
Usted ha publicado otros libros relativos a la informática con anterioridad, algunos por medio de la UNED. ¿Nos podría relatar los antecedentes de su obra, publicada en colaboración con su esposa, la antropóloga Marlene Castro, "Informática y sociedad"?
Por supuesto. La primera edición, que nos publicó EDUCA, resultó de manera directa de mi participación en un curso experimental colegiado (con un sociólogo y una filósofa) que impartí hace varios años en Delaware. Tuve la satisfacción de que ese libro fuera publicado aquí en español antes de que el resultado del experimento de colaboración norteamericano tomara cuerpo en un libro de texto que nos publicó Oxford University Press a esos dos colegas y a mí, el primero de su tipo publicado en lengua inglesa y que ha recibido muy buena crítica.
¿Nos podría decir cómo resultó usted trabajando últimamente para la Fundación Omar Dengo que se dedica a estimular el estudio de la informática en las escuelas primarias de Costa Rica?
Si, claro. Todo viene de que el experimento de la FOD me llamó la atención profundamente desde el comienzo, y lo mencioné en mi discurso para celebrar e1 40 aniversario de la Facultad de Educación de la Universidad de Costa Rica. Doña Clotilde Fonseca, la directora ejecutiva de la FOD, me hizo el homenaje de citarlo repetidamente en publicaciones y discursos suyos. Y un día me llamó por teléfono a Delaware y me ofreció la coordinación técnica del Proyecto BID/FOD que yo acepté gustoso para contribuir en algo a la educación informática de los costarricenses. Aquí dirijo a un conjunto de consultores internacionales muy calificados que desarrollan programas constructivistas (dentro de la inspiración filosófico-educativa de Jean Piaget y Symour Papert) para nuestra enseñanza básica, en las áreas de lenguaje, ciencias naturales, ciencias sociales, y matemáticas. Así, mi carrera informática parece estar culminando precisamente donde principió hace unos 28 años: lo que comenzó con los niños de Saint Thomas the Apostle termina hoy en las escuelas rurales de Costa Rica.
Nos despedimos de don Claudio, seguros de que ésta no será su última contribución a la cultura informática y humanista de Costa Rica.