Desarrollos recientes en la genética han iluminado problemas importantes de las ciencias naturales y culturales, bajo la guía del paradigma de la selección natural. Algunos son de crucial relevancia para los fundamentos del humanismo. Entre ellos: la pluralidad de especies humanas dentro del género Homo, la singularidad de origen de todos los humanos vivientes, el carácter inconsecuente de las razas humanas, y la riqueza y resistencia de la biodiversidad humana. El triunfo generalizado del punto de vista metodológico mecanicista, demostrado por la secuenciación del genoma humano, le da crédito a la proscripción de la teleología por parte tanto de las ciencias naturales como de las sociales. Del mismo modo, ha hecho que sea mucho más difícil aferrarse a explicaciones sobrenaturales de los mundos natural y social. El artículo sostiene que lá ausencia de religión de ningún modo excluye la edificación y la aplicación de una ética puramente humanista, sensible y racional en todos los asuntos humanos.
Los revolucionarios hallazgos de la genética y de la antropología física han confirmado nuestro enraizamiento en el árbol único de la vida, una más de sus tantas ramas: como género humano de unos dos millones de años de edad, y como una de sus diversas especies –única sobreviviente– con no más de doscientos, no más de cien en su versión moderna, Homo sapiens sapiens. En segundo lugar, han sido desbancadas las antiguas ideas, fuente de innumerables sufrimientos humanos, sobre la existencia de razas –unas supuestamente superiores a otras– que se hubieran repartido la tierra desde orígenes independientes. La unidad humana ha quedado asentada sobre bases muy sólidas, con pruebas bioquímicas tan firmes como las que establecen hoy la culpabilidad de un reo o la paternidad de un niño ante los tribunales de justicia. De hecho, quienes poblaron todo el planeta antes del comienzo de la historia (en el sentido técnico de período humano estudiado sobre documentos originales) tenían una consanguinidad tan grande como la que confiere un grupo de antecesores comunes no mayor de diez mil personas y solo nos separan de ellos unas cuantas decenas de milenios (menos de diez). Nuestros cambios desde entonces solo se limitan a variaciones reversibles de apariencia física, adaptaciones a condiciones climáticas diversas. Los restantes seres humanos, descendientes de los que no salieron del continente original –África–, con un genoma más rico en variedad alélica, constituyen la gran reserva de biodiversidad humana que en los tiempos históricos está lentamente reforzando y renovando el acervo genético portado por los descendientes de los emigrantes originales.
Por otro lado, el mundo de lo cultural ha sido iluminado, por analogía con el biológico pero también mediante investigación directa de los fenómenos sociales –especialmente lingüísticos–, por la idea algorítmica del diseño progresivo, basado en los principios de selección natural y de acumulación de pequeñas mejoras, donde lo ya adquirido va abriendo posibilidades aleatorias a nuevos avances. Un momento impresionante por su dramatismo habrá sido el contacto, bien establecido por recientes hallazgos arqueológicos, entre las especies humanas hermanas sapiens y neanderthalensis en las semiáridas llanuras de Palestina. Sabemos que en esa región convivieron pacíficamente especímenes de las dos especies humanas, teniendo intercambios culturales (imitación de herramientas) pero no relaciones genética (intercambio sexual). No sabemos con certeza quién transmitió a quién sus memes, pero cabe la posibilidad de que hayamos sido los sapiens los alumnos y nuestros hermanos desaparecidos los primeros maestros tecnológicos, dado su mayor tamaño cerebral. Sus aplicados discípulos habríamos sido los grandes trasmisores de las técnicas adquiridas, aprovechando nuestro cuello mejor configurado para la palabra. Se non è vero, è ben trovato: si este lanzamiento de la aventura tecnológica humana no procedió así, merecería haberlo hecho. Alegoría aparte, debemos estar prevenidos contra interpretaciones teleológicas de las muestras arqueológicas: la existencia de los neandertales puede no haber tenido ninguna influencia en la historia posterior de la humanidad. Desde ese punto de vista, pueden perfectamente haber existido en vano, excepto quizá (premio de consolación para los teleologistas) como recordatorio de la mortalidad de nuestra propia especie.
Tomamos pie en esta mención de la teleología para subrayar que no existe razón suficiente para suponer ninguna intervención sobrenatural ni en la creación biológica ni en la creación cultural. El algoritmo de selección natural basta de sobra para dar cuenta de todo ello como resultado de procesos de diseño automático acumulativo no dirigidos a ninguna meta particular. El lenguaje teleológico tiene sentido solo dentro de la órbita del discurso humano, no en el de la naturaleza ni en el de la historia, parte integrante de la naturaleza. Las ciencias humanas, tanto las naturales como las culturales, únicamente necesitan de la causalidad material o mecánica, no de ninguna misteriosa influencia de metas que, por definición, serían inexistentes por estar todavía no realizadas. Si existen, solo lo hacen en alguna mente (humana, desde luego) quien podrá o no llevar a cabo un plan para su implantación real únicamente invirtiendo medios y energías proporcionados para la tarea. Los milagros no existen, ni la magia, y las buenas intenciones desprovistas de método, materiales y combustible adecuados constituyen solo lo que los angloparlantes designan con mucha propiedad como wishful thinking (pensamiento gobernado por los deseos). Y sin embargo...
Una de las comprobaciones más claras que puede hacer quien considere la situación actual de la humanidad es la evidente desigualdad en los niveles de racionalidad alcanzados por los diversos grupos e individuos de la sociedad contemporánea. Coexisten visiones del mundo, sistemas de memes, con distintas edades(1) y grados de desarrollo intelectual, como si para poblaciones enteras o para grandes grupos de personas en civilizaciones avanzadas el progreso científico y filosófico de la especie hubiera sucedido en vano, o si los memes más sanos y liberadores producidos por las respectivas culturas apenas los hubiesen tocado. La persistencia de la visión teleológica del mundo es el ejemplo más evidente. En el sutil terreno intelectual de las ciencias positivas y de los principios humanistas solo una pequeña parte de la humanidad, que incluye casi seguramente a la mayoría de los biólogos pero no ciertamente a los físico-matemáticos(2) ni probablemente tampoco a los científicos
sociales(3), puede considerarse a salvo de ese pesado legado de la primera adquisición de la capacidad de simbolizar por parte de nuestra especie. Los que estamos dispuestos a sacar todas las consecuencias de la visión no animista y plenamente no teleológica de la ciencia contemporánea somos una minoría. Y sin embargo, estamos convencidos de que solo esa visión, basada en el análisis racional y el control experimental, puede servir de base para una concepción equilibrada de la persona y la sociedad humanas. A falta de esa castidad metodológica, los rescoldos de concepciones irracionales del pasado estarán siempre listos para filtrarse en nuestros pensamientos y acciones.
Todo ello nos conduce a la convicción de que el autoengaño ha tenido y sigue teniendo innegable valor adaptativo. Ese valor no ha escapado a la consideración de los psicólogos que crearon el concepto de "mecanismo de defensa", soluciones subóptimas adoptadas en la niñez ante circunstancias muy adversas y que suelen enraizarse tan profundamente en la personalidad que resultan difícilmente sustituibles por las soluciones correctas al llegar la madurez.
Nos vemos llevados a suponer que a la escala histórica mayor se haya presentado la misma clase de fenómeno: en la época prehistórica, adquirida ya la capacidad de pensamiento simbólico, el conocimiento de la inevitabilidad de la propia muerte y de la de los seres queridos debe de haber creado presiones irresistibles para la salud mental individual y colectiva. La evolución habría entonces recurrido a la misma facultad creadora que originara esas tensiones para a su vez aliviarla, dando así lugar a lo que hemos ya llamado en varios contextos las trampas del simbolismo. Bajo esta luz, el wishful thinking, en sus distintas manifestaciones, aparecería como una droga autogenerada para aliviar, dentro del plazo limitado de su vida concreta individual, a una criatura dañada irreparablemente. Otros abusos más complejos de esa misma capacidad simbólica buscarían restaurar el equilibrio por derroteros sociales que nos introducirían ya en los tiempos históricos.
Paradójicamente, el desarrollo de la técnica –material y social– que a la postre conduciría a una vida menos expuesta a la necesidad y la enfermedad, abriría el camino hacia poderosos expedientes contraproducentes de superación del temor. Algunos, como las religiones de la estirpe judeo-cristiana-musulmana, utilizarían complicadas explicaciones mitológicas como intentos de exorcizarlo, produciendo cada vez más aberrantes fantasías negadoras de la realidad y añadiendo a las plagas de la naturaleza las de instituciones y creencias sociales o políticas cada vez más opresoras, entre las cuales ocuparían lugar preferente las religiones institucionalizadas. En diálogo y combate con ellas, con timidez al principio y cada vez con mayor fuerza con el paso de los siglos, se desarrollaría el uso metódico y controlado del poder simbólico que haría surgir lentamente las ciencias modernas y las filosofías humanistas, únicas herramientas verdaderamente eficientes en el exorcismo del temor ancestral por estar fundamentadas en el análisis controlado y verificable de la realidad. Lamentablemente, esas avenidas racionales de control del temor solo son accesibles a las mentes educadas en disciplinas a la altura del desarrollo científico y de sus consecuencias filosóficas, libre de la influencia de grupos antihumanistas. Así, el vencimiento del temor por la vía adecuada, el tranquilo reconocimiento de la realidad, con sus oportunidades y sus limitaciones, deberá esperar todavía muchos lustros para que esta clase de educación, laica y científica, llegue a extenderse suficientemente sobre la Tierra.
La cuestión de la teleología está inevitablemente ligada a la cuestión de la conciencia humana. Muchos podrán decir:
–Está bien; aceptemos la explicación mecanicista (no teleológica) para todo lo físico, incluso para lo biológico. Pero desde que la humanidad existe se introduce en el mundo la finalidad, los propósitos, las decisiones inteligentes que construyen y llevan a cabo un plan. ¿Cómo no aplicar la teleología en los asuntos humanos?
El razonamiento es atinente en cuanto puede considerarse como una objeción al intento de explicar los fenómenos de la conciencia y la subjetividad humanas con base en los hallazgos bioquímicos sobre el funcionamiento del cuerpo y el cerebro. De hecho, podría esgrimirse como ariete pretendidamente destructor de la misma factibilidad de basar el humanismo en los hallazgos de la ciencia, en particular de la genética y, aún más específicamente, la genómica y la proteómica (el inventario y catalogación de las proteínas humanas). El argumento puede ser bien intencionado, aunque también podría no ser más que un intento de hora nona para resucitar el desacreditado dualismo cartesiano o llevar agua al molino de las religiones. La respuesta para el lector de buena fe es que la aporía se resuelve como cuestión de niveles: el nivel bioquímico es indispensable para entender la vida. La vida a su vez da cuenta de la cultura, por medio de la explicación, complicada de suyo, de la aparición del simbolismo y el lenguaje, y por la aplicación del algoritmo de selección natural a la evolución de los entes culturales o memes. En la biografía y en la narración histórica, los fines, los objetivos perseguidos, siempre estarán presentes, y serán el marco de referencia adecuado para verter luz sobre las vivencias personales y los acontecimiento colectivos. Pero ello no negará el hecho de que por debajo seguirán bullendo todos los otros niveles, cuya presencia, característicamente, solo percibimos cuando algo no marcha bien: en los casos de enfermedad y epidemia, en relación con problemas del ambiente, etcétera. Y desde el punto de vista teórico, las explicaciones científicas –como las integra una presentación humanista– cumplen una función importantísima en la vida diaria de millones de personas: nos libran del temor, de un temor incluso más terrible que las guerras y las enfermedades porque ha mantenido a la humanidad sometida en su más privada intimidad a los caprichos arbitrarios de los dioses y los demonios, o para ser más realistas, a las intolerables cargas emocionales y físicas impuestas a millones de seres por las castas de sacerdotes.
El error de no comprender esta cuestión de niveles, que lo que es vida personal y social teleológica puede en otro nivel ser organización neuronal o complejo intercambio de hormonas entre el cuerpo y el cerebro, puede incluso surgir al tratar de comprender –o edificar– una explicación humanista equilibrada, distante por igual del positivismo chato y del dualismo mágico. Viene a cuento un ejemplo que hemos encontrado nada menos que en el trabajo de un científico de la talla de Francis Crick. En el apéndice de su obra sobre la conciencia nos informa alborozado haber encontrado en el cerebro "el lugar del libre albedrío". (CRICK 94) Si no es una broma que no le salió bien ni una manera de sugerir algo más amplio y profundo que lo escrito, se trata sin duda de un error de nivel. Es perfectamente legítimo preguntarse por las neuronas o núcleos o áreas cerebrales que aparecen excitadas en el momento en que alguien toma una decisión (suponiendo que ese acto pueda determinarse en su dimensión temporal). O incluso cuáles de estos elementos no pueden dejar de estar activos cuando ésta se produce en un nivel de integración mucho más alto. Pero eso no significa que tal o cual elemento pueda ser el elemento del libre albedrío. Con seguridad necesitará de la colaboración de muchas otras partes del cerebro o del cuerpo en general (¿cuál habría sido el latido de mi corazón que contribuyó a la crucial decisión de casarme con mi esposa?). Además, estoy convencido de que el acto de decidir libremente toma tiempo, es una vivencia predominantemente inconsciente a la que acompañan muchas otras vivencias, con miles sino millones de estados neuronales y de neuronas diferentes implicadas en procesos concurrentes.
Por otra parte, llegar a una decisión, mantenerla, permitirle comenzar a transparentarse en acciones concretas, son cosas bastante distintas. ¿A cuál o cuáles de ellas consideraremos como "libre albedrío"? ¿Como explicar, por ejemplo, la convicción surgida en nuestra conciencia repentinamente, de "haber decidido ya" un asunto importante, sin poder señalar cuándo ello tuvo lugar? (esta experiencia que suele arribarme a mí la han tenido también todas las personas a las que he interrogado sobre ello). Finalmente, decidir o "haber decidido ya" es solo un miembro de toda una colección de estados o procesos de conciencia posibles, profundamente emparentados entre sí: esperar, anhelar, lamentar, desear, proponerse, tener una opinión, y muchos otros más, todos ellos inherentes a la libertad personal. De todos vale lo que expresa Wittgenstein con las siguientes palabras (mi traducción):
573. Tener una opinión es una situación. –¿Una situación de quién? ¿del alma? ¿de la mente? Pues bien, ¿de quién decimos [en el lenguaje ordinario] que tiene una opinión? Del señor Fulano de Tal, por ejemplo. Y esa es la [única] respuesta correcta. (WITTGENSTEIN 53)
Ser sujeto de todas esas vivencias es en lo que consiste precisamente ser una persona. Y adscribir todos estos actos, y muchos más, a una persona determinada como su única y verdadera fuente es considerarla como un ser dotado de libre albedrío. Quien sabe utilizar una de esos magníficos instrumentos que son las lenguas, que nos distinguen de otras especies, sabe que no puede decir de una piedra que tiene una opinión, ni que ha tomado una decisión, ni que actúa con libre albedrío. Pero tampoco puede decirlo de un hombre que pronuncia una declaración bajo tortura o intimidación, o que, como Galileo, se retracta públicamente de sus más caras convicciones simplemente para salvar su pellejo (excepto en cuanto a su escogencia entre ser hipócrita para poder seguir escribiendo en secreto o dejarse quemar vivo y no poder volver a hacerlo, lo que probablemente fue una decisión deliberada y libre).
Aquí las mentes entrenadas o inclinadas a pensar filosóficamente podrán expresar su descontento:
–Pero, en una concepción humanista como la que usted presenta, en que todo lo que hacemos es producto de procesos fisicoquímicos perfectamente deterministas, ¿cómo poder hablar de libre arbitrio? ¿No es evidente que todo está determinado por lo que sucede al nivel de procesos puramente físicos?
De nuevo nos encontramos con un error de nivel. Ningún proceso físico per se puede ser sujeto de libertad o no libertad. El lenguaje no nos permite llamar a una célula o a un conjunto de moléculas libre o no libre en el mismo sentido en que lo hacemos de una persona. Pero la acción coordinada, a través de muchos niveles de agregación y de prodigiosa integración, en que intervienen infinidad de aplicaciones del algoritmo de selección natural (por ejemplo, en la acción del sistema inmunológico y en la actividad de escogencia de configuraciones en la corteza prefrontal), sí puede ser sujeto de libre arbitrio y de responsabilidad moral y legal puesto que constituye la persona misma. Si esto no complace a mi interlocutor es porque, lamentablemente, es víctima de una ilusión: la de que es posible "hacer chocolate sin cacao", que a eso equivale pretender que un acto pueda no estar determinado, es decir, surgir de la nada. Por supuesto, esto es lo que la tradición escolástica religiosa nos ha venido predicando durante siglos: Dios sacó de la nada al mundo y el alma es imagen de Dios.
¿Por qué no podría entonces el alma producir también sus pensamientos de la nada?
Las decisiones humanas, en cuanto libres, no saldrían de ninguna parte. Tanto peor para el escolasticismo, la religión, y la teoría creacionista del mundo y de las decisiones humanas. ¿Por qué en las cuestiones llamadas últimas vamos a dejar de aplicar los criterios que nos sirven tan bien en la vida real para mantenernos con vida y saludables? Y si no, ¿por qué no preparamos nuestro desayuno también con ingredientes sacados "de la nada"? ¿Cómo calificar a una lógica opuesta a lo que nos enseña la experiencia de toda la vida y el ejercicio más mínimo de la razón? ¿Qué clase de ética podría fundarse en decisiones surgidas de "ninguna parte"? ¿Con qué derecho se las atribuiríamos a una persona concreta, si no podemos ligarla de manera específica, a través de relaciones de causa y efecto, con el ser único y separado del resto de la naturaleza que somos cada uno de nosotros?
Nada de extraño tiene que, para el creyente en un Dios que saca el mundo de la nada y en un alma inmortal (imagen de Dios) que saca sus actos de la nada, surjan toda clase de espantosos problemas de filosofía de la ética, por ejemplo el siguiente: si Dios aplica juicio a un hombre malo, es decir, a alguien que sacó de la nada actos prohibidos por Dios o incompatibles con la dignidad humana (imagen de la perfección divina), ¿no debiera alguna instancia judicial (un Dios de segundo grado o tal vez una corte internacional de derechos humanos especializada en genocidio) juzgar a su vez a Dios por haber sacado de la nada a hombres malos (responsables de genocidios históricos, por ejemplo)? La correspondencia es lógicamente perfecta: si lo que es libre creatividad en el hombre (en el sentido de sacado de la nada) puede ser objeto de juicio y de eventual condenación, con mayor razón lo que surge de la creatividad de Dios, mucho más poderosa y modelo de la creatividad humana. Eximir a Dios de responsabilidad porque su creatividad es mayor, como pretenden los teólogos, es la máxima afrenta a la lógica y a la sensibilidad moral humana; y sin embargo parece ser la única manera de escapar a este tremendo dilema de responsabilidades comparadas. Si mis lectores consideran toda esta disgresión teológica irritante, tienen razón. A mí me irrita también. Solo la realizo como "reducción al absurdo" de las extrañas hipótesis de la religión. Los postuladas expuestos no deben inquietar al lector: no hay creación de la nada, ni Dios genocida puesto que no hay Dios sino solo hombres, malos o buenos, y en general perfectibles; ni hay creación de la nada, pues todos tenemos que trabajar en colaboración con nuestros semejantes para conservarnos en vida, apoyándonos no en la nada sino en todos los recursos que la naturaleza y la historia ponen a nuestra disposición.
Resta aún otra posible importante objeción:
–¿Cómo podríamos justificar una ética, individual y social, en ausencia de religión?
Bueno, por lo menos desde el Renacimiento ese logro ha sido obtenido varias veces, y con gran brillantez. Notables son las filosofías morales de Hume y de Kant. Los filósofos utilitaristas ingleses, a partir de Jeremy Bentham, merecen encomio semejante. Y abundan autores más recientes que se destacan en el campo. Mis favoritos son Erich Fromm, G. E. Moore y Kurt Baier.
(FROMM 90)
(MOORE 88)
(BAIER 97) Sus obras destilan que el ser humano está dotado por la naturaleza para crear o escoger valores que conceden a su existencia una dignidad autofundada, suficiente para pasar por este mundo con decoro y disfrutar de los enormes bienes que la naturaleza y la cultura le ofrecen. En esta empresa es moralmente responsable ante sí mismo y ante sus coespecímenes; a ellos puede juzgar y por ellos ser juzgado, desde diversos sistemas de valores (memes éticos) validados individual o socialmente, siempre criticables por su coherencia y completitud, de la misma manera que lo son las teorías científicas. Los conflictos entre sistemas éticos humanistas prometen ser mucho menos graves y definitivamente menos destructivos, contrastados con sistemas de creencias religiosas que tienen a su cuenta buen número de los genocidios que han afligido y afligen todavía a la humanidad.
Nota 1: La edad de un mem es, naturalmente, el tiempo que ha transcurrido desde su surgimiento en una cultura. Ese surgimiento puede deberse a la mutación de uno anterior o a la combinación de varios para formar uno nuevo. Esta es una diferencia fundamental entre los memes y los genes: dado su caracter simbólico, los memes pueden combinarse entre sí para formar otros más complejos. La naturaleza física de los genes no les da esa posibilidad, aunque por supuesto pueden interactuar entre sí, a través de enzimas, generando resultados somáticos de múltiples genes.
Nota 2: Curiosamente, los físicos, que en tiempos de Copérnico, Galileo y Newton, dieron la primera batalla para liberar a la ciencia de la teleología, tienden muchos de ellos a seguir pensando todavía teleológicamente en campos ajenos a la física. Y en cuanto a los matemáticos, algunos de ellos incluso suscriben todavía la tesis platónica de la existencia objetiva de un mundo de los números; así por ejemplo Roger Penrose. (PENROSE 89)
Nota 3:
Los científicos sociales de tradición conductista son incluso puritanamente antiteleologistas; en cambio, los de inspiración marxista defienden el finalismo de la historia con el mismo fervor con que lo hacen los Santos de los Últimos Días.