Se ha dicho mucho que no existe una "historia" completa de la vida independiente de Costa Rica, a pesar de los valiosos estudios parciales escritos por don Ricardo Fernández, don Cleto González Víquez, el profesor Montero Barrantes y muchos otros investigadores costarricenses; más grave que esta ausencia de un tratado sobre la trayectoria nacional en su pormenor cronológico es, a mi parecer, la casi total falta de estudios de inspiración histórica que tiendan a darle a los conciudadanos, muy especialmente a los estudiantes, una visión comprensiva e interpretativa de la vida política, social y cultural de la Patria. A este respecto creo que cabe solamente mencionar la obra de don Carlos Monge Alfaro, Geografía social y humana de Costa Rica, y la de Eugenio Rodríguez Vega, Apuntes para una sociología de Costa Rica. Salvo una ligera mención del asunto en esta última obra, el tema de las generaciones que es el que voy a tratar aquí, es terreno virgen en la producción histórica y sociológica de los escritores costarricenses. Lo que intento no es, desde luego, remediar esa falla, sino solamente señalar el problema y trazar, en una forma que no puede ser sino superficial y con exceso de atrevimiento, algunas líneas directrices que pretenden orientar hacia su solución. El trabajo verdadero le habrá de tocar a un historiador consagrado a la investigación y con suficiente talento sintético como para no perderse en el laberinto de los datos, base pero al mismo tiempo obstáculo para las elucubraciones de cierta generalidad.
Debemos comenzar por definir lo que se entiende por "generación"; sea, según el pensador español José Ortega y Gasset, el grupo de edades e ideas afines representado por su élite que en una época determinada impone la tónica a la vida social y política del país en cuestión. "Los miembros de ella vienen al mundo dotados de ciertos caracteres típicos... del más diverso temple, hasta el punto de que, habiendo de vivir los unos juntos a los otros, a fuer de contemporáneos, se sienten a veces como antagonistas". Como dice Eugenio Rodríguez, "no es el color política lo que define a una generación, sino la actitud que toma ante la vida, incluyendo la política".
La primera generación de Costa Rica independiente es la que toma definitivamente el gobierno en 1823, después de la Guerra de Ochomogo, cuyas raíces sin embargo pueden rastrearse hasta el año 1814; en ese año, el Bachiller Rafael Fco. Osejo, natural de León de Nicaragua, fue contratado por el Ayuntamiento de la ciudad de San José como profesor de filosofía en la Casa de Enseñanza de Santo Tomás. De acuerdo con lo que dice Ricardo Fernández Guardia, "muy inteligente y bastante instruido, pero a la vez intrigante y turbulento, Osejo no tardó en convertirse en el blanco de los absolutistas por su propaganda en favor de las ideas liberales"; a su alrededor y por influjo de su cultura notable para el ambiente de aquel entonces, se agrupan nuestros mejores hombres, mejores por su inteligencia y por su carácter así como también por haber comprendido la realidad del momento histórico que vivía, o habría de vivir en el futuro inmediato, Costa Rica: el presbítero Miguel de Bonilla, los jóvenes Alejandro y Rafael García Escalante, don Francisco Ma. Oreamuno, Gregorio José Ramírez y dos o tres más.
El factor aglutinante de este grupo fueron desde un principio las ideas republicanas, y su líder indiscutible llegó a serlo, durante la guerra entre Cartago y San José, el alajuelense, valiente cuanto enfermizo, Gregorio José Ramírez. En esta así llamada Guerra de Ochomogo, primera lucha civil de Costa Rica, se decidió a la vez la contienda entre imperialistas –partidarios del mejicano Iturbide– y republicanos, y la pugna entre Cartago, la vieja y aristocrática capital, y San José, la democrática cabecera de los nuevos tiempos. En febrero de 1823 estalló en San José un movimiento a favor del régimen republicano que fue apoyado por varios pueblos y dio por resultado la reunión del Congreso Provincial de Marzo. Como reacción, los imperialistas tomaron el cuartel de Cartago y proclamaron el Imperio, apoyados por Heredia. A la voz de Gregorio José Ramírez se levantaron las fuerzas republicanas de San José y Alajuela, marchando todas contra Cartago. Después de sangrienta batalla de varias horas, Ramírez se adueñó de la metrópoli y como consecuencia de esta victoria el mismo Congreso Provincial, vuelto a reunirse no ya en Cartago, decretó el traslado de la capital de esa ciudad a San José.
El hombre que va a completar la obra de Ramírez es don Braulio Carrillo; don Braulio, en una primera administración constitucional de 1835 a 1837, acabará con el regionalismo de las provincias, latente desde el conflicto de Ochomogo y todavía fuente de inagotables molestias; con su triunfo en la "Guerra de la Liga", segunda edición de la misma contienda entre ciudades, dejará sentadas las bases, con la unidad nacional, para la empresa más importante que realizará en su segunda administración dictatorial, de 1838 a 1842: la vertebración jurídica del país. Don Braulio había estudiado derecho en León de Nicaragua; hombre de talento y gran energía, fue electo Presidente del Congreso a la edad de 28 años y dos más tarde Presidente de la Corte Suprema de Justicia. Fue, junto con un grupo de jóvenes juristas nacionales, el que jefeó la campaña a favor de la nacionalización de las magistraturas de justicia, ejercidas hasta entonces por ilustres jurisconsultos extranjeros. Paradójicamente, después de haber dado él mismo el primer golpe de Estado que conoció nuestra vida republicana, fue don Braulio el que dictó nuestros primeros códigos de leyes, el Código Civil, el Código Penal, el Código de Procedimientos. Habiendo nacido en el año de 1800, Carrillo pertenece a la misma generación que Ramírez, nacido cuatro años antes. No es sólo en cuanto a edades la afinidad: ambos líderes también coinciden en el sentido de su obra, que podríamos calificar como creación de las instituciones patrias.
La segunda generación aparece en escena después del desgraciado episodio de Morazán. Como reacción contra este, la tónica de esta nueva etapa va a ser la afirmación de la soberanía de Costa Rica. Ello es tan cierto que el hombre escogido para jefear la nación después del gobierno transitorio de Alfaro y Gallegos fue un decidido enemigo de la Unión Centroamericana: el Dr. Castro. Don José María Castro había estudiado derecho también en Nicaragua y se cuenta que su discurso de graduación lo dedicó a combatir la idea federalista, haciéndolo con tanto brillo que ni los partidarios de la Unión presentes pudieron dejar de felicitarle. Así, cuando llegó a Costa Rica iba precedido de la fama de orador y de la aureola mística de su ferviente antifederalismo: ello bastó para que ya desde el primer gobierno de Alfaro se convirtiese Castro en el verdadero timonel del Estado, ocupando, a la edad de 24 años, el cargo de Ministro General. A los 29 llegó a ser Jefe de Estado –año 1847– y ya en el siguiente coronó su obra de afirmación de soberanía con la fundación de la República que rompió, de una vez por todas, los lazos ideales que todavía unían políticamente a Costa Rica con el resto de Centro América. En esta misma época generacional se firman los primeros tratados internacionales –años 1850 y 1851–, como el Concordato con la Santa Sede –base para la creación de la Diócesis que nos separó de Nicaragua en lo eclesiástico–, el reconocimiento de la nueva República por España y, finalmente, el tratado de límites con Nicaragua (1858). Además, y como un mentís a los que hablan del aislacionismo costarricense, se sella con sangre tica la independencia y soberanía del Istmo contra los invasores de otra raza y cultura –1856 y 1857–. Jefea esta segunda parte de la obra el jovial don Juanito Mora, nacido en 1814, completando la empresa trascendental del Dr. Castro, nacido en 1918.
En la segunda mitad del siglo XIX, el auge de la agricultura del café va a ocasionar grandes cambios en la vida económica, social y política de Costa Rica: el negocio de la exportación del grano de oro enriquece a unas familias y proletariza a otras; enriquece especialmente a los exportadores del grano que se ponen directamente en contacto con los mercados extranjeros, Londres sobre todo. Aparecen así las clases sociales en una previa sociedad sin clases: mejor dicho, aparece "una" clase, la oligarquía politico-económica. Como dice Carlos Monge, "el enriquecimiento de unas familias trajo como consecuencia el paulatino despojo territorial de los pequeños propietarios. De esa manera, estos pequeños propietarios se convirtieron en la mano de obra que los grandes cafetaleros necesitaban.... En el siglo XIX ocurrió un fenómeno economico-social de grandes proyecciones en la vida nacional: se formaron dos tipos –desconocidos durante la colonia– el agricultor exportador y el peón (que en no lejana época poseyó tierra y cafetal) que trabaja en la finca del patrón". Cuando estos hechos se han consumado, asciende al poder una nueva generación, producto de las distintas circunstancias sociales, que se opone a la generación anterior, patriarcal y popular: generación de familias ricas y aristocráticas que, aliada a dos militares enérgicos –los generales Blanco y Salazar– quitan y ponen presidentes por espacio de varios años a partir de la caída de Mora por el golpe de 1859. La nueva generación se inicia en el gobierno bajo la tónica del progreso, pudiendo concretarse el sentido de su obra en las palabras el dinero y la educación. El contacto con Europa, ocasionado por la exportación del café, crea el nexo cultural que necesita Costa Rica, y los hijos de las familias aristocráticas empiezan a viajar para cultivarse, usando los mismos barcos que transportan el grano de oro. Aparece entonces la inquietud educacional que antes de ese momento solo la mentalidad avanzada del Dr. Castro había poseído, siendo incomprendido por todos. Ahora sí, se da el gran paso en la tarea de la educación del pueblo mediante la cláusula constitucional que hace la enseñanza primaria gratuita y obligatoria, en el gobierno de don Jesús Jiménez. Este último gobernante trae al país a eminentes educadores europeos que vienen con las ideas liberales dominantes entonces en el viejo Continente, las cuales prenden fácilmente en la cera suave de los futuros hombres cultos. Estos maestros, Valeriano Fernández Ferraz, José Moreno Benito y otros, serán así los que formen a los hombres públicos de la más avanzada generación del 89.
Paralelamente con el avance educativo, una era de progreso comienza a hacerse sentir en el país: el oro de Londres empieza a abultar los bolsillos de gente emprendedora que, con grandes esfuerzos, preparará el camino para las magnas obras materiales de las dos siguientes generaciones.
El cuarto período generacional se establece después del golpe de estado del 27 de abril de 1870, cuando un coronel desplazado del ejército, de nombre Tomas Guardia, acaba con el predominio de las oligarquías y pasa a gobernar dictatorialmente el país, en forma directa o por medio de presidentes títeres, por espacio de doce años consecutivos. Este período generacional, por lo tanto, es dominado en forma desorbitada por una sola persona que realiza por sí toda la obra que debía de corresponder a una generación entera. Su régimen puede ser calificado como una dictadura democrática puesto que, paradójicamente, con su gobierno unipersonal prepara el camino al gobierno democrático, gracias a la destrucción de la oligarquía pretoriana. Un militar como era Guardia acaba con la prepotencia de los militares que ponían y quitaban presidentes, recibiendo órdenes de los aristócratas. Puede así considerarse su gobierno como un puente o transición entre un régimen de tipo feudal y otro de tipo popular, y está escrito que un gobierno de esta clase debe ser absolutista, como el de los reyes de los siglos XVI y XVII en Europa que representaron el tránsito del feudalismo medieval al sistema político liberal contemporáneo. Sin embargo, el absolutismo de Guardia no abandonó la raíz de paternalismo que ha constituido siempre la más constante inspiración de nuestros gobernantes.
El período de Guardia, como el de la mayoría de los dictadores, es además época de gran progreso; sobre todo en lo que respecta a las obras del ferrocarril interoceánico, sueño dorado de la comunicación fácil con el mar que era absolutamente indispensable realizar para el fomento de la economía del café, nuestra única riqueza de entonces.
El despertar del pueblo costarricense para el gobierno auténticamente representativo ocurre con el advenimiento, después de la muerte de Guardia y de dos gobiernos continuistas, el de Próspero Fernández y el de Bernardo Soto, del quinto grupo generacional de nuestra vida independiente. En el año de 1889 el pueblo toma parte activa, por primera vez en su historia, en una campaña política. Dice al respecto don Ricardo Fernández Guardia en su Cartilla Histórica: "Desde la independencia, la elección del Jefe del Estado se había hecho siempre en Costa Rica sin intervención consciente de las clases populares. La encarnizada lucha de 1889 fue una revolución completa en la vida política del país. Las masas se conmovieron hondamente, alucinadas por las brillantes teorías de los que se proclamaban a sí mismos regeneradores de la Patria.... Es indudable que el gran movimiento popular dirigido contra el candidato que gozaba de la protección oficial, traducía un justo anhelo en favor de las verdaderas instituciones republicanas".
Este despertar del pueblo debe agradecérsele en gran parte a un joven de gran intrepidez, jefe de acción del partido contrario al gobierno, don Rafael Yglesias. Él fue el primero que se interesó por recorrer el país con grupos de oradores de partido para enardecer los ánimos contra el oficialismo, logrando que sus conciudadanos palpitaran al fin con el ritmo de la política de su patria. Tan exitoso fue el resultado de esta campaña que, cuando pareció que el triunfo obtenido en las urnas por la oposición iba a ser arrebatado, Yglesias logró levantar al pueblo y poner sitio a las principales poblaciones del país con una muchedumbre armada de palos y machetes que santificó el día 7 de noviembre en los fastos de la democracia costarricense. Desgraciadamente, este triunfo no fue aprovechado por los mismos que lo hicieron posible para elevar el contenido de la educación cívica de nuestros hombres: no fue sino hasta después de unos años de gobierno arbitrario de Rodríguez, el candidato triunfante, y del mismo Yglesias, que llegaron al poder los más auténticos representantes de la generación del 89; precisamente aquellos que formara la labor docente de los profesores traídos al país en tiempos de la generación del 59, cuyos frutos comenzaban entonces a hacerse visibles. Entre estos nuevos hombres públicos destaca por su genio brillante y altas dotes el Lic. Ricardo Jiménez, político que fue admirado y temido por su pluma y su verbo, las armas típicamente liberales, hasta el punto de haber sido acusado de establecer, en tres administraciones no consecutivas, una dictadura intelectual en Costa Rica. Es esta una época de liberalismo puro, con lado bueno y lado malo, de enorme respeto al individuo y a sus derechos, de libre opinión pública, de florecimiento de la prensa y de abundante demagogia. Además, es una época de política clásicamente "laissezfairiana": en lo económico, los gobernantes sólo se preocupan por la construcción de obras, muy necesarias por cierto, gravando cada vez más al pueblo con empréstitos. Ninguna medida audaz para independizar la economía del predominio extranjero –"imperio del banano"– ninguna reacción a las necesidades sociales de la colectividad humana costarricense. Si hay algo de qué acusar a esos grandes hombres públicos –don Ricardo, don Cleto, don Julio Acosta– es sobre todo del descuido en que dejaron el problema social, teniendo una popularidad y gozando de una confianza tal que bien habrían podido sentirse respaldados en cualquier actitud decidida que tomaran ante él. Pero está claro que los tiempos, o los hombres, no estaban aún maduros para la empresa.
Refiriéndose a esta generación dice Eugenio Rodríguez: "Después de ellos no surge ninguna generación que recoja la herencia. La que parecía su heredera resulta ser una generación cumulativa, porque en ella pesa mucho más lo recibido que lo aportado... (Los grandes viejos) continuaron imponiendo su señorío a pesar de los años.... Y no se diga la vieja historia de que el egoísmo de los viejos liberales impidió el surgimiento de las nuevas promociones; ni se repita aquello de la citadísima dictadura intelectual de don Ricardo. Lo que sucede es que no hubo una generación bien delineada que pudiera derrumbar esa dictadura".
Puede decirse, pues, que desde 1889 no hubo en Costa Rica ningún cambio general en los hombres ni en las ideas que gobernaron al país, siempre bajo la misma orientación: el liberalismo político y económico; hasta 1940, en que, como dice la Cartilla Histórica, "al llegar a la Presidencia de la República el Dr. Rafael Ángel Calderón Guardia, se esperaba la iniciación de una nueva era de gobierno, en oposición a las personas que hasta la fecha habían dirigido las instituciones patrias". Contra esta candidatura no había reaccionado a tiempo el grupo tradicional "de hombres maduros y experimentados", valga decir la anterior generación. "Tardíamente –sigue diciendo la Cartilla– se postuló por cuarta vez la del Lic. Ricardo Jiménez a quien esta vez no acompañó la mayoría del sector contribuyente del país, pues buena parte del mismo ya había aceptado la del joven médico (nacido en 1900) como renovación de valores en la política nacional".
El nuevo régimen se iba a señalar en la historia por la decisión con que se interesaría en el problema social, desgraciadamente con mal éxito a causa de la falta de apoyo de los elementos tradicionales –que se apartaron de Calderón al descubrir su orientación socialista– y de la nueva generación que aún no había despertado. Podemos afirmar sin temor a equivocarnos que el peso de cincuenta años de predominio liberal había adormecido a las nuevas generaciones costarricenses que descansaban todavía arrulladas por los trinos de los liberales; al Dr. Calderón, para su gloria o para su desgracia, le tocó ser el primer hombre de Costa Rica que salió oficialmente de ese sueño; él fue sin duda el que levantó la bandera social en el país y los que hoy la sostienen, aunque su bandera tenga otro color, la recibieron de sus manos. La historia debe en esto como en todo ser objetiva y ver las conexiones profundas a través de las rivalidades superficiales y todos los personalismos: las generaciones no son homogéneas sino que su vida es de lucha interna entre distintas facciones que persiguen lo mismo.
El abandono en que se encontró Calderón para hacer positivas sus ideas sociales, inspiradas en las Encíclicas Pontificias, le hizo volver los ojos al único grupo militante que desde hacía tiempo propugnaba por las reformas sociales en Costa Rica: el Partido Comunista, que había recogido y deformado la tradición del reformismo del General Jorge Volio, indiscutible anticipo de las ideas que hoy orientan a la generación de 1940. Por una traición imperdonable a sus convicciones de católico, Calderón Guardia fundó entonces ese adefesio político que fue pronto bautizado con el mote de "caldero-comunismo" y que, inventariándolo, le ha causado al país mucho más males que bienes. Porque si bien es cierto que marcó el comienzo del imperio de nuevas ideas, por otra parte fue también el final exacerbado de malas costumbres, llegando al apogeo en su régimen un estado de corrupción administrativa que tenía raíces muy largas en la anterior generación.
A mediados de esta administración, y a causa del ruido que Calderón había armado, "despertó" el resto de su generación; pero no desde luego para apoyarlo –los errores cometidos por él lo hacían imposible– sino para combatir la inconsecuencia con que había desacreditado sus ideas. Contra la corrupción administrativa y a favor de una recta reforma social, se había formado el grupo de jóvenes inquietos que constituyó el "Centro para el Estudio de los Problemas Nacionales", germen de lo que sería mas tarde el Partido Social Demócrata y, aun más tarde, el Partido Liberación Nacional, hoy en el poder. Este grupo se alió, por la fuerza de las circunstancias, a los elementos tradicionales que combatían al gobierno, formándose así la extraña amalgama que se llamó la "Oposición Nacional". En ella coexistieron dos grupos heterogéneos: el representado primero por León Cortés y luego por Otilio Ulate –elementos tradicionales– y el que encarnaba impersonalmente el Partido Social Demócrata –la nueva generación–.
El triunfo de la Revolución del 48 puso el poder en
manos del último de estos grupos; desde entonces, y a
pesar del noble gesto de devolver Figueres el gobierno al
Presidente constitucionalmente electo, Otilio Ulate, se marca
una hostilidad natural, sorda o bulliciosa, entre los dos
polos de aquella extraña alianza. La última campaña
electoral la hizo evidente: los elementos tradicionales fueron a la lucha unidos a sus enemigos
de ayer –los calderonistas– y en contra del grupo que fuera su aliado en
1947 –los socialdemócratas–. El resultado electoral de
1953 los ha separado del poder, no sabemos si definitivamente; el tiempo lo dirá.
Nota de 2005: ¿No habrá algún estudiante graduado costarricense, de filosofía o historia,
familiarizado con la teoría de las generaciones de Ortega y Gasset, que quisiera hacer su tesis
de graduación sobre el mismo tema, pero cubriendo el período de 1954 al presente?