Se ha sostenido por diversos filósofos o pensadores (Ortega, Chesterton, como ejemplo) que la médula de lo realmente humano debe buscarse en aquellas actitudes o actividades que el hombre realiza movido por un impulso lúdico; esto es, que lo verdaderamente revelador de nuestra esencia humana es aquello que hacemos o pensamos, no forzados por ineludibles imperativos, de orden material o social, sino más bien movidos por el simple deseo de realizarlos, por dejar escapar una vitalidad desbordante, por la búsqueda de un placer “en sí”, por el puro regocijo de lo superfluo.
A esta actitud de lujo o juego, fundamentalmente humana, habría que atribuir quehaceres tan disímiles en otros respectos como el juego, el arte, la religiosidad, el amor, la amistad, y –añadiré ahora– la política. En contraste con estas actividades, las demás podríamos llamarlas “asuntos serios”, y serían explicables como simples instrumentos o medios de obtener, mantener o acrecentar la posibilidad de ocurrencia de las primeras, que llamaríamos “quehaceres lúdicos”. Así, deberíamos invertir el orden en el decir común de que “el juego prepara para el trabajo” y atrevernos a externar la afirmación insólita, pero válida, de que es, paradójicamente, el trabajo el que prepara para el juego.
Tomar posición en esta polémica es cosa que quisiera evadir en este momento; me llevaría probablemente a largas disquisiciones sobre el sentido de los fines y los medios en la conducta humana y, muy posiblemente, me haría merecer el cargo de epicureísmo que no estoy muy deseoso de recibir. No obstante, quisiera sí hacer notar que en una postura saludable ante la vida –no solo individual sino también social o colectiva– la actitud lúdica debe desempeñar un papel primordial, preventivo eficaz de una osificación esterilizante en la personalidad o en la cultura política. Me explicaré en seguida.
Toda personalidad robusta y progresiva, toda cultura pujante y bien equilibrada, debe rendir amplio tributo a la ilimitación del mundo en que se mueve, negándose a cerrarse definitivamente, como obra completa a la que nada puede añadirse, nada quitarse ni nada modificarse. Ahora bien, precisamente esta actitud es lo que me parece queda salvada cuando interviene la intención lúdica, cuando de alguna manera en lo que hacemos o pensamos se cuela por algún resquicio la dimensión del juego: la provisionalidad de las posiciones; el humor, que establece sin dogmatismo y se retira con alegría; la justa, que golpea con fuerza pero sin mala intención; posición del “hombre itinerante” del pensamiento cristiano, sin morada fija ni construcción definitiva, siempre avanzando y siempre esperando “algo mejor”.
Es mi firme opinión que en el campo político la actitud lúdica tiene también un papel muy importante que jugar; ese papel no es otro que la defensa del sistema político frente a toda totalitaria mixtificación que arrebate la ciudadanía de los brazos maternos del arte para lanzarlos en las garras de hierro de la pura técnica. En otras palabras, creo que el papel de la actitud lúdica en el plano social consiste primordialmente en resguardar el carácter político de la política, en salvar la política como tal, rescatándola de la planificación.
La política tiene, para conservarse como tal, que no ser seria; tiene que ser lúdica, so pena de perderse como política. En la abierta actitud del hombre de Estado, la postura deportiva y “de humor” tiene que encontrar, diría yo, un lugar cardinal, igualado sólo en jerarquía por esa otra misteriosa virtud, cuya posesión es indispensable en el verdadero político: la sabiduría. Y es que ante problemas graves sólo cabe ser serio; ante problemas gravísimos, no hay más remedio que actuar deportivamente. Quien no tenga la flexibilidad y agilidad del jugador se quebrará necesariamente, se desorientará por completo cuando los problemas se salgan insolentemente de sus casillas. Podríamos decir que hay problemas mansos y problemas “chúcaros”: con los primeros valen las actitudes mecánicas, de reposo o de movimientos regulados: la preservación de los fundamentos democráticos del Estado (juego contra totalitarismo) y la expansión progresiva de la sociedad (juego contra la osificación nacional). El político es político propiamente dicho cuando tiene éxito en estas dos últimas perspectivas, cuando resulta triunfador en esas dos grandes actividades lúdicas, en todo lo demás es jurista, o administrador, o burócrata.
La actitud lúdica o deportiva que caracteriza al buen político no le nace por arte de magia u obra de las musas al tomar posesión de su cargo. Tampoco es esto primordialmente, a mi entender, un dato de nacimiento; aunque lo fuera, lo cierto es que no hay medio biológico de determinar, para ungirlo, al privilegiado. Tal y como está organizada nuestra sociedad, y como han estado organizadas todas las sociedades hasta el presente, la aptitud política, para todos los efectos prácticos, es función de la forma en que el hombre de Estado logra ascender al poder, de la lucha o campaña política, de la militancia, con todo lo que tiene de astucia y de estrategia, en un partido, un grupo, o una coalición política.
En esto no hay que engañarse: si la democracia es un buen sistema político, no lo es porque permite al electorado, en forma desapasionada y objetiva, elegir a los mejores valores de entre el conjunto de los ciudadanos; es un buen sistema porque permite, sin derramamiento de sangre, que los políticos más capaces, ejerciendo su arte e inspiración, puedan demostrarse como más capaces. El candidato es llamado a demostrar su habilidad en el juego libre, antes de ser encargado de un otro juego, más limitado, que será su función como titular del Estado. Así, a la política como gobierno debe preceder la política como pretensión; y tengo graves sospechas de que el éxito en la segunda es normalmente un buen indicio o un requisito para el éxito en la primera.
La política como pretensión sí se nos presenta como algo eminentemente lúdico: el juego de la política, con todo el apasionamiento deportivo que suscita, con sus perspectivas de pérdidas y ganancias, con su enormidad –paradójica– de participación desinteresada. Aquí lo serio está reducido al mínimo; filtrado, además, por la eventualidad del “si” condicional con que hay que entender deletreados todos los puntos de un programa o de un propósito de gobierno. Lo serio en esta etapa consiste en mera intención, en algo a que se apunta, en una especie de sueño, de proyecto quimérico, de imaginación, de creación poética; de pretensión, en suma.
No hay nada esencialmente diferente en el fondo entre una campaña política de la actualidad y una lid de poetas o cantores en alguna ciudad europea de la Edad Media; en ambos casos es el más diestro el que triunfa, adueñándose del codiciado premio. Pero la destreza no se mide en lo que se puede realizar propiamente, sino más bien en lo que se es capaz de soñar, en la calidad de lo que se pretende. Participar en esta pretensión es ir detrás de un ideal: una mujer idealizada, en el caso del poeta de la Edad Media; una patria mejor, en el caso del ciudadano que ejercita sus derechos políticos; la única diferencia está en que el ideal del poeta es simple “ideal devoción”, fidelidad a una Dulcinea del Toboso; el ideal del ciudadano, en cambio es “ideal acción”; se quiere cambiar aquello mismo que se ama.
Me interesa concretarme aquí al postulado, a mi parecer de trascendencia radical, de que todo político en una sociedad democrática debe entenderse fundamental y prácticamente como “pretensión”. La aceptación de este postulado tiene muy diversas e importantes consecuencias. Una muy visible, y tal vez como tal de mucho menor trascendencia, es que por definición la actuación de un partido en campaña tiene que ser pretenciosa; ello explica las interminables mentiras blancas de las hojas amarillas de la propaganda, que nadie cree pero que nadie se atrevería a dejar de publicar; aquí no hay que ser timorato y escandalizarse: el político puede exagerar, como exageran el poeta y el enamorado, su intención es semejante.
Un corolario muy importante del carácter pretendiente del partido es la existencia forzosa de “el otro partido”. Contra una pretensión debe darse naturalmente otra pretensión; una pretensión indisputada pasaría a ser automáticamente realidad, y dejaría de ser pretensión; en materia política, dejaría de ser partido para convertirse en gobierno. Así pues, el ensueño político supone siempre un ensueño contrario, soñado por un número grande o pequeño de ciudadanos que piensan en la “patria mejor” con unas facciones distintas a las que proyectamos nosotros.
Concretando mucho más, digamos que en una democracia ha de existir un “partido” y su consiguiente “oposición”. Los partidos políticos concretos serían simultáneamente, y según los puntos de su programa, “partido” y “oposición”, en el sentido en que estos términos quedan usados en este párrafo.
Normalmente, un partido político concreto será mucho más “partido” que “oposición” y el otro0 viceversa, independientemente de cuál de los dos sea el que efectivamente esté ejerciendo el poder en un tiempo dado. Eso es especialmente cierto en los países en desarrollo, en los cuales es casi obligado que la mayor parte de los puntos positivos de programa están concentrados en uno de los grupos, que pasa a ser el “partido” por antonomasia. En países de alto grado de desarrollo, por el contrario, la distribución de puntos positivos y negativos tiende a equilibrarse, haciéndose más difícil, aunque todavía posible, el distinguir expresamente la polarización dicha.
En Costa Rica, como área en proceso de rápido desenvolvimiento, la polarización ha sido muy marcada a partir de los sucesos de 1948. Sería difícil discutir que el partido o grupo de partidos que jefea don José Figueres ha sido durante este período el que ha acusado perfiles propios, menos asimilables a los de los demás grupos, y el que ha postulado más puntos en el sentido de innovación y de cambio. Por ello le asignaría a ese sector político el calificativo de “partido” en el sentido específico en que lo venimos usando, mientras que reservaría el apelativo de “oposición” para todo el resto del panorama político que encuentra común denominador en su actitud adversa a aquel “partido”. El uso de los términos llamará la atención, sin duda, porque, paradójicamente, lo que está hoy en el poder, 1960, es precisamente la alianza de partidos que he calificado de “oposición”. Pero eso no importa.
Es muy ilustrativo observar los acontecimientos políticos de nuestro país a la luz de este equema que me he fabricado; creo que sirve para aclarar en mucho ciertos enigmas, sobre todo uno que me había venido inquietando desde hace largo tiempo. Es este el contraste que en nuestro panorama político se presente entre un “partido” que tiene programa y una “oposición” que, si tiene alguno, sus personeros solo han logrado presentarlo ante la opinión pública en una forma muy defectuosa. Tal situación se puede explicar con facilidad si reflexionamos sobre esta polaridad de “partido” y “oposición” en conexión con otra aguda polaridad que dejamos planteada capítulos atrás:(1) me refiero a la polaridad entre “funciones formales” y “funciones materiales” dentro de las atribuciones fundamentales del Estado.(2)
En efecto, frente a la oposición antitética de los cánones del Estado liberal, “policía” o contralor jurídico, salvaguarda de una libertad irrestricta y disolvente, y los imperativos del nuevo Estado social, interventor o tutor, normalmente inclinado al totalitarismo, la democracia puede encontrar, y de hecho está encontrando, un tercer camino que, sin ser una mezcla ecléctica de los otros dos, combina las ventajas de los anteriores sistemas en una forma orgánica. Según esta tesis, la coexistencia del espíritu jurídico del Estado liberal con la eficiencia material y la justicia distributiva del Estado social puede darse y de hecho se da, gracias al expediente de la fragmentación y emancipación de las funciones materiales del Estado mediante la creación de unidades técnicas de servicio, independientes de la administración central. Por su parte, el poder central conserva, concentrándose en su perfeccionamiento, las tradicionales funciones formales o de garantía del Estado liberal, ahora perfiladas en específicos organismos de control jurídico, con muy elaboradas y concretas atribuciones (Contraloría, Servicio Civil, Tribunal de Elecciones, como ejemplos).
El “partido” está desde luego más vinculado en su pretensión al ejercicio de las funciones materiales, puesto que su programa consiste principalmente en la atención a las necesidades crecientes del desarrollo del país o en el fomento de ese mismo desarrollo. Por su parte, la “oposición”, con ausencia de énfasis en las funciones materiales, se identifica más con la realización de las funciones formales del Estado: estas, pese a su enorme trascendencia como garantía del sistema democrático, no dejan de ser predominantemente negativas, por ser esencialmente “frenos y contrapesos”.
La ausencia de programa, pues, que tan a menudo se achaca a nuestros grupos conservadores, resulta así ser no más una ausencia de programa “material”, en el sentido que a este término le hemos venido dando a propósito de las funciones del Estado; además, resulta tambié3n ser una mala formulación de un real programa, de carácter formal. A mi entender, ha faltado por parte de los dirigentes de “oposición” una clara aceptación, frente al electorado, de su actitud conservadora, muy justificable por cierto dentro del cuadro político general de la democracia; estos grupos han adolecido, a mi modo de ver, de un complejo de inferioridad frente al “partido”, habiendo tratado de imitar las líneas de su programa en sus propios manifiestos de propósitos, con la consiguiente pérdida de conciencia de su propio destino y ser. Diciéndolo de otra manera, la “oposición” no se ha encontrado aún a sí misma; mientras que el “partido”, por su parte, sabe muy bien lo que quiere.
Los fundamentos de un programa auténticamente “formal” sí han quedado expuestos una y otra vez por personeros de las coaliciones de “oposición”; están patentes en sus afirmaciones en pro de la paz, de respeto a la Constitución y a la legalidad; pero tales fundamentos no han sido adecuadamente elaborados. El “partido” se nos ofrece como un equipo entusiasta, deseoso ante todo de “hacer bien su trabajo”, a saber, una serie muy concreta de proyectos en el campo de las atribuciones materiales; la “oposición” aparece como el otro equipo, interesado en que el “partido” no haga “demasiado bien” su trabajo porque pondría en peligro la integridad del sistema democrático. La “oposición” se corresponde, pues, en mentalidad y de hecho, con el espíritu del control jurídico: el “partido", en el otro lado, tiende a identificarse con las empresas de desarrollo económico-social.
Personalmente tengo la convicción de que es saludable y creativa esta política división del trabajo; aunque sí encuentro que en nuestro país la “oposición” no ha estado hasta la hora a la altura de las circunstancias en cuanto a ofrecer a los ciudadanos un programa claro, efectivo y sincero de lo que podría hacer para cumplir su misión de defensora del sistema jurídico; esta situación es realmente de lamenta, porque un programa de auténtica “oposición” tiene vetas inexplotadas de lo más ricas y fecundas; un tal programa, propiamente “formal” en sus alcances, podría incluir puntos tan estimulantes como una revisión general de nuestro sistema de derecho público y privado; una mejora en el sistema del sufragio; perfeccionamientos, muy necesarios, de las instituciones de la Contraloría y el Servicio Civil; la enmarcación constitucional y administrativa del régimen de instituciones autónomas –cuyo estatuto es actualmente anárquico–; promulgación de modernos ordenamientos municipales; adecuada ley general para los ministerios; legislación agraria coherente y justiciera; revisión del sistema tributario y de la legislación laboral, para no pensar nada más que en los temas de conjunto. En los tres puntos finales cabe observar que la creación de instituciones de justicia social y agrícola y el aumento de la imposición corresponden más propiamente a un programa de “partido”; la consolidación, refinamiento y generalización de las mismas, en cambio, son punto propio para un programa de “oposición”. Aquí es tal vez donde más patente se hace el carácter complementario de ambas fuerzas, muy hábilmente alternadas en el poder últimamente por la sabiduría inconsciente del todopoderoso electorado; como en muchos casos en la historia de Costa Rica, “una de cal y otra de arena” parece ser la consigna adoptada ahora por nuestro pueblo para la preservación y desenvolvimiento de las instituciones democráticas.
Nota 1: Me sorprende esta referencia; evidentemente –aunque lo había olvidado– este escrito fue producido como parte de una “pretensión de libro” que nunca llegó a fruición, pues me distrajeron otros propósitos, en particular mi campaña por el decanato de la Facultad de Ciencias y Letras, primeramente, y en seguida –algo mucho más interesante– mi “pretensiosa” aspiración –lograda en 1966– de obtener el doctorado en la Universidad de Chicago. Nota de 2008.
Nota 2: Ese “capítulo” fue presentado en el II Congreso Extraordinario de Filosofía en 1961. El pretendido libro nunca lo armé, aunque estas obras completas incluyen muchos escritos que hubieran podido formarlo.