Prefacio

Claudio Gutiérrez y Marlene Castro

Los estudios generales pretenden ser una respuesta al siguiente problema: en un mundo de conocimientos y destrezas cada vez más especializados, ¿cómo podremos salvar la integridad de una visión humanista de la cultura y la unidad de acción del ciudadano responsable?

Al examinar este problema debemos partir del hecho de que la realidad en nuestro entorno es inagotable: para conocerla y dominarla debemos imponerle una fragmentación que no está naturalmente en ella, por razón de los métodos mismos con que aprendemos y trabajamos. Debemos seccionar el ambiente y concentrarnos en la profundización de algunas de sus partes. Nuestros métodos nos prescriben, de ahí en adelante, trabajar con esas partes como si fueran un universo completo; nos piden que concentremos en ellas toda nuestra atención e interés, como si para efectos prácticos el resto de la realidad hubiese desaparecido.

En la medida en que no seamos capaces de concentrarnos en una órbita de interés y dedicación especiales, no podemos ser productivos ni ascender plenamente a la responsabilidad ciudadana. Pasados están los días en que el hombre educado podía aspirar a conocer todas las ciencias, o aspirar a cualquiera de los cargos de la sociedad civil sin tener que someterse a un adiestramiento riguroso y especializado. Pero si nuestra concentración se convierte en obsesión, si el seccionamiento que hacemos lo igualamos a una huida o falsificación de la realidad, entonces nuestra especialización se transforma en amputación y nuestra vocación puede degenerar en lo que Ortega y Gasset llamó la barbarie del especialismo.

En nuestro mundo de creciente complejidad, reina la interdependencia entre todas las disciplinas y factores que condicionan nuestro ambiente. El desarrollo económico está mediatizado por el desarrollo humano y la defensa de la ecología, la organización de la sociedad por las posibilidades de la técnica, el mismo desarrollo técnico por las bases políticas e ideológicas del quehacer científico. El profesional que se cierre sobre sí mismo, a solas con sus metodologías y tópicos especializados, se arriesga a aniquilar su propio esfuerzo. El investigador languidece en la misma medida en que el reclamo de campos adyacentes, la realidad descartada, dejen de provocarlo con desafíos y sugerencias fertilizantes.

Por todo ello, es importante preparar al estudiante para el trabajo interdisciplinario. Su educación universitaria no debe solamente adiestrarle en los métodos de su especialidad: debe ofrecerle espejos en que se refleje el entorno, grietas donde pueda germinar la duda renovadora, atisbos de múltiples avenidas de integración, curiosidad por los quehaceres ajenos percibidos con admiración desde el nicho propio. La educación superior debe plantarle semillas de información virtual, aunque sea parcial e incompleta, inquietudes que puedan fructificar más tarde, como aguijones contra el conformismo que seca su capacidad de explorar lo inédito y de pensar lo impensable.

Nada más urgente en esa preparación que dotar de cultura científica a los estudiantes de educación superior. El ciudadano activo del Siglo XXI deberá poder intervenir con conocimiento de causa en decisiones éticas, estratégicas, ecológicas y tecnológicas que resultarían ininteligibles sin cultura científica. La supervivencia de las libertades fundamentales, del espíritu crítico frente a los peligros inversos del irracionalismo y del cientificismo, la salud económica de la sociedad y el porvenir mismo de la democracia, están estrechamente ligados a la capacidad de la sociedad para implantar una cultura científica y tecnológica generalizada.

La paradoja de la cultura consiste en que la acción humana frente al medio es siempre tensión de figura y fondo, de texto y contexto, de concentración y generalidad, de análisis y síntesis. Como todas las paradojas, puede superarse sólo en la práctica, cultivando intensamente las artes de la especialización al mismo tiempo que las de la integración. La historia de los estudios generales en Costa Rica ha sido una continua lucha de un grupo de profesores para encontrar respuestas concretas, año tras año, a esa paradoja. Los han guiado un principio y una convicción, que han tratado de transmitir a muchas generaciones de estudiantes: todo análisis, todo seccionamiento –toda separación del contexto global de la realidad– no puede menos que ser provisional y transitorio, parcial y limitado. Cada separación clama por una reincorporación, cada análisis necesita una síntesis, cada acotación estimula un salto más allá, a una generalización.

Cuando Rodrigo Facio, en los años cincuenta, se lanzó a la tarea de reformar la educación superior costarricense, supo percibir como núcleo fundamental del problema universitario –más allá de los problemas de organización, financieros o de planta física– la formación del hombre y del ciudadano. Creemos que el análisis del tema de la informática se presta como el que más para lograr esa meta original de los estudios generales. Tópicos como el del derecho del hombre a la intimidad, amenazada por la sociedad computarizada; de la libertad de pensamiento en relación con su forma de expresión electrónica; del desplazamiento de mano de obra por robots inteligentes; de las posibilidades de la democracia directa por medio de redes de computadores, están todos cargados de oportunidades de reflexión y discusión profundamente humanísticas.

Es en esa tesitura que los autores de Informática y Sociedad y de esta Guía enfrentamos los temas de la informática. Por sí mismo un campo muy especializado y difícil, la informática es también una disciplina con profundas raíces en la cultura contemporánea –en la lógica, en la física, en la filosofía– y con incuestionables repercusiones en diversas disciplinas: en la psicología, en la lingüística, en la antropología e incluso en la política y en la economía. Sus implicaciones humanísticas resultan innegables; a cada paso de su estudio hay referencias a logros culturales del pasado o a transformaciones sociales del porvenir. En la actualidad no es concebible que un joven pueda comprender el mundo en que vive sin tomar en cuenta la presencia de las computadoras que –cada vez con mayor intensidad– deberá encontrar en su trabajo profesional y en su existencia cotidiana.

No podemos los profesores aspirar a capacitar directamente al estudiante para que tenga por adelantado todas las respuestas posibles de integración, síntesis o contextualización. No podemos sustituirlo en su acción como ser vivo y consciente, despierto y creativo, capaz de provocar cambios importantes en la realidad, especialmente en la realidad social. Tenemos que conformarnos con una misión más modesta, a saber, ayudarle a analizar e integrar, en vez de ofrecerle compendios predigeridos de la realidad. Usando material de primera clase obtenido del acervo clásico y contemporáneo de la humanidad, podemos invitarlo a que se capacite por su propia cuenta, para que pueda producir a su debido tiempo respuestas adecuadas a los estímulos inéditos del futuro.

Copyright © 1987, 2005 Claudio Gutiérrez y Marlene Castro