Prefacio


Claudio Gutiérrez

Una universidad no es un conjunto de edificios. Ni siquiera es un conjunto de disciplinas académicas. El universo a que alude la etimología medieval de la palabra es universo de estudiantes y profesores. Hoy diríamos, de manera más exacta, universo de estudiantes, profesores y trabajadores que colaboran en esa gran casa que es el recinto académico. Las mejores construcciones, los más costosos equipos, los planes de estudio o investigación más elaborados, no valdrían nada, y no harían una Universidad si faltara la gente, las personas de carne y hueso con sus inquietudes, sus angustias, sus preocupaciones, sus propósitos de creación y superación.

La gente universitaria, hombres y mujeres, es lo que hace a una Universidad valer o no valer. He visto universidades pobres en que el ingenio y el deseo de saber de sus estudiantes y profesores hacían surgir laboratorios de latas vacías, cordeles y lotes de chatarra. Pero nunca he visto aparatos modernos que se manejen solos ni aulas lujosas que hagan avanzar por sí mismas la educación o la cultura.

La gente universitaria es como todo el mundo y al mismo tiempo muy diferente. Viene de todas partes, pero los imperativos académicos la conforman de manera determinada y la hacen distinta de la gente no universitaria. Los universitarios estarnos sometidos a tensiones particulares que no suelen afectar a los no universitarios. El estudiante dedicado se angustia mucho más que el ciudadano corriente. El profesor dedicado, es más abierto a los problemas de los demás: sus estudiantes y los habitantes del mundo con que sus estudios lo ponen en contacto. La preocupación por temas abstractos nos hace a menudo descuidar nuestra vida afectiva, la consiguiente formación de presiones a menudo produce dificultades de comunicación entre nosotros mismos. Pero por otra parte, la investigación científica y la dedicación a proyectos altruistas nos ponen en condiciones excepcionalmente buenas para encontrar caminos de felicidad y armonía no abiertos a la generalidad de los hombres.

Yo estoy orgulloso de la gente universitaria de Costa Rica; porque la he visto, porque he convivido con ella por mucho tiempo, porque sé de su dinamismo, de sus inquietudes y de sus capacidades. Conozco también sus debilidades, que son las mismas mías, y no creo que sean obstáculo para avanzar hacia adelante en busca de metas cada vez más altas.

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