Colores del ocaso
poemas y cuentos

Presentaciones

Claudio Gutiérrez

Arquitectura y voces en Claudio Gutiérrez

Fue difícil hacer este comentario de “Colores del ocaso”, colección de poesía de Claudio Gutiérrez que recientemente publicó la editorial de la Universidad de Costa Rica. Para escribir hay que armar, para armar hay que diseñar y para diseñar hay que tener un patrón de referencia. Claudio Gutiérrez no admite patrones de referencia. Es un poeta raro. Para empezar, no calza en el estereotipo –errado como todos los estereotipos– del poeta bohemio que en el viaje nocturno de los sentidos recibe a la musa y se vuelca sobre la hoja y la tinta. No calza tampoco con el bardo bucólico de los atardeceres, o con el militante que deja sangre en el papel, al decir de Víctor Manuel, el cantautor. No es el íntimo y tímido Pessoa, el Poe terrorífico y aterrorizado, o el doliente Vallejo que cada mañana reanuda su día de conejo.

No, qué va. Claudio Gutiérrez es otra cosa. Es poeta padre, poeta esposo y amante, poeta filósofo, poeta algorítmico, poeta de sí mismo, a veces con furia y veces con ácido humor. Con profunda admiración, con lágrimas y remordimientos, estupores e imposibilidades. Poeta viajero, de ciudades y países, poeta de pueblitos y rincones, poeta de nostalgias. Y, como rasgo que amarre (al modo de un tensor de esos que en la teoría de la relatividad explican por qué el espacio-tiempo es curvo), Claudio Gutiérrez es poeta de la edad. Poeta no de albores o de asomos, sino de cierres, de resúmenes, de lazos finales que se atan con minucia antes de salir por ahí a entregar el paquete, el preciado regalo que conlleva el final de un ciclo.

De ahí el título de la obra, que a golpe de ojo parecería un tanto lugar común, pero que luego se revela con profundidad y justeza. Este libro es sentido por el autor como la paleta de donde ha tomado los tonos y matices que constituyen su ocaso, su vejez. Lo hace, como todo buen programador de recursiones (Claudio Gutiérrez es pionero en programación recursiva, característica de la Inteligencia Artificial), para que ese llamado a sí mismo, esa interrogación, revele que el poeta llamado también se está llamando a sí mismo, y éste también, y así hasta el origen. De resultas, los colores del ocaso de Gutiérrez son también los reflejos de su alborada, los acentos de su amanecer, y así fue de hecho escogida la portada.

El premio –tanto para autor como para lector– es sentir a un hombre completo. Es oír, mirar y admirar a uno de los grandes intelectuales nuestros, que se sienta, a lo largo y a lo ancho de un buen día, a contar y contarse, a dejarse ser, a compartirse.

Hablé al principio de diseños y de patrones. Tal vez haya complicidad, con el autor, en el gusto por las estructuras en general, y por las estructuras del pensamiento en particular. Soy adicto a la arquitectura. A la de casas y edificios, claro está, pero no sólo a eso. Soy un enamorado de la arquitectura de las cosas, de cualquier cosa. La busco incluso en un libro de poesía, como éste. Y aquí –de nuevo– es donde el techo es vasto, las cúpulas múltiples y diversas, los vasos comunicantes sorpresivos e inusitados. Por eso dije que se trata de un poeta raro, y no titubeo al repetirlo.

Lawrence Durrell le escribió un cuarteto a su amadísima Alejandría. Claudio Gutiérrez ha elaborado un quinteto dedicado a todas las ciudades que habitó y sigue habitando.

Empieza con “Poemas cotidianos”. Uno dice así: “El viento tendió una alfombra de miles de florecillas blancas en la acera debajo de los árboles. Pasé por encima sintiéndome importante, y nostálgico pues cuando niño hice igual sintiendo entonces nostalgia por ser grande”. Me disculpo por suprimir la versificación, pero quiero integrar el poema al comentario. Escogí este en particular porque revela al poeta recursivo, al poeta de sí mismo, génesis y destino que al resolverse –revolverse– crean en vez de anular. El tono es ese justamente en este primer acorde del quinteto: cotidianidad que se propaga, que se perpetúa.

La segunda voz, llamada “Parábolas”, muestra al intelectual comprometido con su época, con el mundo y sus entuertos. Es el Poeta Político, aristotélico, mayúsculo. Escribe al muro de Berlín cuando se derrumba, a la Cruz de Alajuelita después de la masacre de las niñas, a la egolatría de los intelectuales, a las locuras religiosas. Este poeta de la polis global del nuevo siglo suspira y exclama: “Alberto Einstein me enseñó que la luz se propaga con la misma velocidad en todas direcciones, y que las cosas suceden como si mi marco de referencia fuera siempre inmóvil y pudiera considerarse el centro del Universo ... pero lo mismo puede pensar cualquier otra persona”.

El tercer instrumento, “Lares y gentes”, fue construido y afinado por el Poeta viajero. Vamos desde el Río Grande hasta el Muro de los Lamentos, vemos montes y ríos, puentes, pieles, ojos, tornasoles. El Poeta es extranjero, lo sabe, lo acepta y lo disfruta. Me encantan estas líneas, que lo definen: “En cada vuelta del camino lo ví mejor: mi castillo, mi ciudad primordial, el palacio encantado que imaginé desde niño”.

El cuarto registro se llama, ni más ni menos, “Poemas líricos”. A mí el término me cuesta, como me cuestan tantas otras cosas. ¿Cuál poesía no es lírica? Será, imagino, la que no se puede cantar, para la que del todo no haya lira. Pero bueno, salvado ya el obstáculo cae uno en la cuenta de que el diseño del libro exige que este sea el timbre dominante de la obra y que deba brotar justo aquí, luego de los tres frentes previos desde donde el poeta se había venido configurando. La amplitud del acorde aquí es audaz. Vemos a Claudio Gutiérrez en capacidad de reírse de sí mismo (“Plugo o pluga”, cuya ironía encontrará un eco en “C.B.S.” –de nombre por demás críptico–, inserto en la quinta parte), lo mismo que conmoverse en solemne rigor, como en el soberbio “Puertas”, a mi juicio el mejor texto del libro. Transcribirlo es atentar contra él, por su disposición gráfica. Un asomo: “Puertas de nada, hacia nada, vacías, sin contexto. Puertas abominables, pero nuestras. Puertas... ¡Puertas del infierno”. Jim Morrison y William Blake lo leerían sin duda mucho mejor que yo. El primero exlamaría “Break on through to the other side!”; el segundo agregaría: “If the doors of perception were cleansed, every thing would appear to man as it is, infinite”.

Después de eso lo único que queda por escuchar es al poeta enamorado. Claudio Gutiérrez lo sabe y el quinto y último movimiento se llama “Estío y distancia”, dedicado por supuesto a Marlene, la compañera de toda la vida. Iremos desde la ternura de líneas como “Mis dedos entre tus dedos, delicado engranaje, muñeca contra muñeca, ángulos obtusos sobre la almohada”, hasta el punzante reclamo de “¡Qué estúpidos nosotros, que estando vivos nos portamos como si hubiéramos muerto, los dos como viudos del otro!”. Entre un extremo y el otro, la tristeza, la soledad y la ruptura determinarán el ritmo y la melodía. Quedará, eso sí, la certeza del amor. Amor es eso, certeza. Y ella, la amada, volverá con él, el amante, tarde o temprano. Uno lo entiende aún cuando lo vea a él recoger del suelo los afilados pedazos del espejo –símbolo de la unión– que un día de tantos cayó al suelo, en un apartamento atestado de y aplastado por la soledad.

Que aún haya habido aliento en el autor y espacio en la edición para cerrar con unos cuentos es quizá demasiado. Pero no riñe con la naturaleza, copiosa y prolífica, de Claudio Gutiérrez. Que haya pocas pero precisas traducciones –tanto al francés como al inglés– insertas como quien no quiere la cosa, pues le agrega charm al libro. Que la impresión sea a lo ancho y no a lo alto, en lo que constituye el rasgo que de primero atrapa de un objeto simplemente hermoso, y que en los créditos diga “Portada –Sol naciente, de Claude Monet– de Elisa Giacomín” sin aclarar si de ella también es fruto la cuidadísima selección de imágenes, tonos y fondos que cambian página tras página, pues lo deja a uno con la curiosidad despierta. El libro no se confunde con otros. Es, como el autor, raro. Ahí estará en la biblioteca, haciendo guiños, convencido de que muchas veces será releído.

                Rodolfo Arias Formoso.   Preparado para La Nación, San José, marzo 2006


Traducción de las presentaciones de las poesías en francés por su traductor

Nuestros lectores deben conocer la poesía de Claudio Gutiérrez [. . .] Sus poemas asocian la inspiración personal íntima con el gran soplo de las civilizaciones. Los lectores franceses apreciarán particularmente las resonancias de nuestro universo cultural en este autor de hoy [. . .]

          Bernard Cassaigne, Tours. Otoño 2002
Nuestro amigo Claudio Gutiérrez acaba de publicar sus poemas y cuentos [. . .] en un conjunto muy elegante publicado por la Universidad de Costa Rica [. . .] Ofrezco aquí otra traducción al francés [. . .] muy diferente de las anteriores, predominantemente líricas[. . .] Aquí encontrarán la mirada fascinada o irónica portada sobre un universo cultural desde otro. Se trata en este caso de los Estados Unidos y el mundo de la clase media de las profesiones intelectuales o liberales, percibidos con todas sus ridiculeces, pero también con su gran buena voluntad y un idealismo que la hace (a veces) atrayente. Como lo ha escrito Gary Snyder: America –your stupidity. I could almost love you again.

En este poema, Suburbia, el plan maestro Cultural (con una C mayúscula) está casi ausente. Estamos con el Babbitt de Sinclair Lewis. Pero la aparición del fantasma de Robert Frost nos dice que Claudio Gutiérrez sabe dónde se encuentran los verdaderos valores. Y también la mirada que él hace reposar sobre la belleza de un cuerpo femenino o el cromatismo de una pintura.

Leyendo este texto algunos pensarán "Se trata simplemente de una recitación prosaica sobre una recepción en casa de americanos burgueses". De ningún modo. Aparte de que es bueno y saludable mirar cosas distintas de nuestros Chambord y otros grandiosos Rodin como en los poemas traducidos anteriormente, tenemos en Suburbia la imagen de un espíritu en vigilia. Se notan al segundo las chispas de pensamiento que atraviesan una conciencia en el momento de la relajación o la vacuidad, apuntes justos sobre los cuales el traductor, lo sé bien, tiene trabajo en reportar la precisión elíptica. Una pista la encontramos cuando el poeta mismo, después de esta larga orgía de fútil dispersión, expresa en una breve última frase, tanto más eficaz al reenviar metafóricamente a lo cotidiano más banal, la necesidad de reencontrar la soledad ante una página blanca, en el silencio de su conciencia de creador. Como en el poema de Snyder citado antes:

I came back to myself, to the real work, to "what is to be done."
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