Todo hombre al actuar, produce cultura; y todo hombre en un mundo humano, es producido por la cultura. En esto no se diferencia el universitario del campesino; el profesional del obrero o del trabajador del campo: todos nos desarrollamos dentro de marcos que condicionan nuestro desenvolvimiento y todos somos capaces, en alguna medida, de modificar esos marcos. El profesional, sin embargo, tiene una responsabilidad especial frente a esas estructuras culturales: debe cuestionar su valor y plantearse permanentemente el problema de cuáles marcos sociales e individuales sean los más favorables para el pleno desarrollo de las personas y de la sociedad. Esto significa que cada profesional, cada graduado universitario, es en alguna medida un educador y debe asumir, frente a sus conciudadanos, responsabilidades educativas.
La cultura, producto del hombre, no es un artículo de lujo: es una necesidad de adaptación. Las formas culturales de cada grupo humano, los rasgos culturales de cada individuo, existen, están ahí, para cumplir una función y un objetivo determinados en la supervivencia del hombre. El que haya muchas culturas y subculturas, el que exista un enorme pluralismo de formas culturales, no significa que unos pocos aciertan y la gran mayoría están equivocados. Significa que la vida humana, en su lucha con el medio ambiente, ha logrado producir muchas formas adaptativas, para distintas circunstancias de tiempo y lugar, que funcionan con distinto grado de éxito para producir lo que probablemente sea el bien más preciado del hombre: su seguridad.
El educador, y el profesional en función de tal, deben tener muy presente que nadie abandona una forma cultural que ha probado su viabilidad si no es para asumir otra forma que le ofrezca mejores perspectivas, mayores ventajas –no abandonamos nuestras herramientas, por más deficientes que sean, si no es para sustituirlas por otras más útiles y eficaces–.
La cultura, que no es una sino múltiple, no es sombra en una pantalla, fugaz y evanescente; al contrario, es materia de la que está hecho el hombre, sólida, dotada de gravedad y resistencia. No es algo que el hombre tiene sino algo que el hombre es. La cultura es más que un hábito de la mente (dotado de inercia); es la mente misma, al igual que los afectos, el interés, el entusiasmo y la acción. Cambiar es difícil porque va contra el impulso de conservación; pero es posible y necesario, porque puede ser el único medio eficaz de lograr el objetivo de ese impulso.
El valor adaptativo de las formas cultural, su importancia para la conservación del hombre, hacen que para ayudar a cambiar tengamos que comprender muy bien qué le interesa al hombre conservar. Las ideas erróneas y hasta los prejuicios se defienden porque tienen un valor de adaptación, permiten resolver problemas y ayudan a la vida del individuo en la forma en que él la entiende. El prejuicio tiene valor adaptativo, aunque limitado y limitante. Es, como los complejos del neurótico, un mecanismo de defensa; no busquemos eliminarlo sin antes intentar estudiarlo y comprenderlo. en sus raíces y en sus funciones de adaptación para la supervivencia.
El profesional debe tener en cuenta que la voz de la ciencia o de la técnica no es universalmente aceptada y agradecida; debe indagar por qué su acción es resistida y tendencias menos racionales obtienen a menudo preferencia en el libre juego de las ideas y de las instituciones sociales. Debe aprender a entender por qué educar no es lo mismo que dar instrucciones; por qué no basta explicar un concepto, racional y bien fundamentado, para que el interlocutor lo acepte y oriente su vida en adelante de conformidad con ese concepto. Debe aceptar la evidencia de que cada hombre es un mundo, el de su propia cultura personal, y en último análisis sólo entiende los lenguajes que él mismo se ha enseñado.
De todo lo que nos rodea, nuestra atención selecciona el reto más importante que en cada momento percibe nuestro organismo. Ese reto puede ser algo que deseamos, y constituye un interés, o algo que evitamos, y constituye un temor. Temor o interés focalizan nuestra percepción y nuestra acción, delinean una figura, centro de ese interés o temor, contra un fondo opaco en que se acomoda todo el resto del medio ambiente. Alrededor de ese foco se organiza nuestra actividad, y si el temor o el interés es estable la organización llega a ser permanente. Así se originan el lenguaje de nuestra disciplina u oficio, el lenguaje de la guerra o del amor, el lenguaje de la ideología o del prejuicio. Cambiar esos lenguajes, y al hombre que los sustenta, es la difícil tarea de la educación.
Un hombre educado es un ser dotado de flexibilidad mental suficiente para focalizar de manera sucesiva y oportuna distintos temores e intereses, tanto propios como de sus semejantes, sin quedar obsesionado por ninguno de ellos. En cuanto tal, es capaz de manejar muchos lenguajes, los que surgen de esas distintas focalizaciones. Es capaz de moverse de uno a otro con propiedad, no caprichosa ni frívolamente, sino con el sentido de responsabilidad que significa respetar condicionamientos y limitaciones en cada enfoque.
El hombre educado es capaz de comunicarse con los demás, de colocarse alternativamente en los focos de atención de los otros hombres. Ello es posible solamente bajo una condición: que ese hombre haya adquirido lo que probablemente es la quintaesencia de la educación: la capacidad de suspender el juicio sobre sus propias opiniones y teorías, de abstenerse de declararlas verdaderas para siempre, y esperar que sea la práctica, y el tiempo, quienes den el juicio definitivo sobre su corrección y eficacia. Sólo practicando este escepticismo creador, sobre las propias opiniones, es posible practicar la simpatía creadora, sobre las opiniones de los demás. Ese escepticismo, que es la virtud de la humildad intelectual, es el sustento necesario de esa otra virtud de tanta importancia social que debemos todos cultivar: la virtud de la tolerancia.
La educación no da al hombre un marco en que apoyarse, puesto que ya lo tiene: todo hombre produce cultura, por sí mismo, desde siempre y sin ayuda profesional. La educación, más bien, busca más bien ayudar al hombre a salirse de sus marcos, que le dan apoyo –es cierto– pero también lo aprietan y constriñen. La educación busca hacer capaz al individuo de modificar desde dentro sus propios lenguajes, para transformarlos en más amplios y ricos, conmensurados con el desarrollo de la persona y de la sociedad. En ese sentido decimos que educar es liberar, pues nadie es más esclavo que el que está atado por su propia mente, por convicciones que considera irrefutables.
Educar es enseñar a considerar la cultura como lo que es: marco modificable. No hay manera de desempeñar esa difícil tarea excepto si el educador comprende de este modo su propia cultura, si percibe sus propios marcos y lenguajes como modificables. Se educa sólo con el ejemplo. Si aspiramos a modificar los marcos de los demás, debemos estar dispuestos a modificar nuestros propios lenguajes. La cultura es un encierro muy particular, porque la llave que lo abre sólo puede introducirse desde dentro. Cada hombre se libera a sí mismo; la mejor contribución a la liberación de los demás es intentar liberarnos a nosotros mismos. Mostrémosles a los otros que nuestros marcos son modificables; ellos solos llegarán a comprender que los suyos propios lo son igualmente.
La responsabilidad del profesional de cuestionar los marcos individuales y sociales es coincidente con la responsabilidad de estar abierto a las capacidades de todos los hombres. Es la responsabilidad de elevarse sobre los prejuicios, los obvios y los que no lo son tanto. Es la responsabilidad de colocarse más allá de todo maniqueísmo, que divida a los hombres en dos bandos: los corruptos y los impecables; los desinteresados y los mercenarios; los que quieren el bien de la Patria y las que presumiblemente buscan sólo su bien propio. Es colocarse más allá de la demagogia, que maneja sin seriedad el lenguaje y que irrespeta los valores de los hombres tratando de medrar con ellos. Es aceptar que, cualquiera que sea el partido de mi hermano, él es un ser tan limitado y tan capaz de cosas buenas como yo; lleno de defectos, pero también lleno de potencialidades.
En este mundo complejo en que vivimos, todo profesional debe ser un educador. Pero la tarea de modificación de cultura necesaria para el provecho del país es demasiado vasta para que puedan realizarla solo maestros y profesores. Todos son enviados a educar. Sin embargo, no les decimos a nuestros graduados, "Id y enseñad a todos", como lo querría una filosofía demasiado tradicional. Les decimos más bien: "Id y aprended de todos, id y comprended a todos, id y escuchad a todo el que quiera deciros algo; id y apreciad a las personas, más allá de todo estereotipo, en lo que pueden y en lo que valen".