Edith se sentía incómoda en aquella sala tan pequeña. Se concentró de nuevo en los detalles del mobiliario y llegó una vez más a la conclusión de que sólo un hombre habría podido tener éxito en disponer las cosas tan mal. De todo los objetos mal colocados el que más le molestaba era sin duda el zumbador, especie de abejón cruzado con tortuga que no le permitía seguir la conversación que se escuchaba fragmentariamente, con los altos y bajos de una escena erótica, del otro lado de la pared del fondo. Después de exactamente ocho minutos, que a Edith se le hicieron más largos que nunca, con el inevitable "por qué no me habrá dado cita ocho minutos más tarde", la puerta se abrió y una mujer con aire de haber sido atractiva hacía diez años salió disparada del cuartito contiguo, rascándose la cara con desesperación para que Edith no tuviera oportunidad de reconocerla.
La sesión siguió el ritual acostumbrado, aunque esta vez el objeto elegido por el psicólogo resultó ser más grande de la cuenta. Se trataba de una rama de ciprés, parcialmente pintada de dorado, colocada conspicuamente en un florero en el centro de la mesa que separaba a los dos únicos ocupantes del cuarto. El hombrecillo, que hoy se veía más retorcido que de costumbre, se colocó en el borde del sillón como si se preparara a saltar por encima del adorno y dijo: "Me va usted a decir cualquier cosa que se le venga a la mente como comentario al objeto de hoy, por favor". Edith esperó unos segundos para que su terapeuta se acomodara mejor en el asiento, pero el hombre, evidentemente tenso, no se movió de su posición ni un milímetro. Encontrando que ella vacilaba, agregó en tono afectado de broma: "Mientras uno no haya visto el David de Miguel Ángel, comido con los dedos en Arabia y lanzado computadores sobre Tailandia, siempre podrá encontrar asociaciones interesantes de estas formas..." Edith se sintió obligada a hablar.
Se le ocurrió decir que el objeto pertenecía al género decorativo; para ser más exacta, era un adorno cursi de los años treinta, como los que vendía su madrina en la vieja tiendita del Paseo Colón. La primera asociación que saltaba a la mente era que, a pesar de su mal gusto, estaba lleno de sugerencias cósmicas: era evidentemente parte de la naturaleza, por su origen biológico, pero además un producto social, pues estaba pintado de ese horrible color dorado (la pregunta forzada, "por qué lo encuentra horrible" no se produjo, porque el psicólogo estaba distraído observándose una uña). La segunda obvia implicación era que se trataba de un objeto indiferenciado, capaz de sugerir muchas cosas por su misma falta de definición, como las manchas de tinta del famoso test (evidentemente tendría que decir qué le sugería a ella; Edith esperó por cortesía, pero el hombre del otro lado se encontraba sumido en una expresión catatónica). A ella también le sugería algo, como es natural, y esa sería la tercera asociación: le recordaba que su hermano había heredado una hacienda y se había hecho rico con ella (esta última frase la dijo Edith despacito mientras miraba con expectativa a su interlocutor; pero no hubo reacción). Finalmente, era también obvio el carácter simétrico del objeto, "quiero decir, que se encuentra a igual distancia de usted y de mí, y se puede apreciar igual desde los dos puntos de vista, ¿no es así?".
Esta vez Edith consideró que debería callar indefinidamente, pues ya había jugado su parte de manera exhaustiva. El hombre del otro lado seguía al borde del asiento, y ahora parecía extasiado en la contemplación del objeto. Edith no pudo evitar agregar "quiero decir que probablemente a usted le sugerirá también algunas cosas." El hombre abrió finalmente la boca y dijo que obviamente el objeto se parecía a su sistema nervioso, por las ramificaciones que tenía, y que algunas partes eran doradas por su afición al dinero, y otras verdes por sus inmoderados deseos por las personas más jóvenes del otro sexo, pero por supuesto esas eran asociaciones que se le venían simplemente por haber oído hacerlas muchas veces a los clientes, y como en esta profesión uno nunca está seguro de lo que es, parecido a los actores, que siempre están representando, él no representaba nada pero reflejaba a las distintas personas que llegaban a su oficina. ... Y esos colores encontrados por supuesto sugerían sus internas contradicciones .... y desde luego un psicólogo tenía muchas ocasiones de aficionarse con las personas ....
Los minutos resbalaban con más celeridad que de costumbre, mientras Edith veía caer los granos del reloj de arena.
... y esta muchacha que de vez en cuando viene con sus aflicciones no quisiera verla aquí sino en otra parte .... y su esposa una vez tenía un vestido escocés como el que usted lleva hoy y lo usaba para ir con él a la tienda de la esquina, y él se ponía celoso porque el dependiente la miraba de una forma muy rara, hasta que tuvo que decirle que fueran a otra tienda .... por supuesto, lo que debiera haberle dicho es que se pusiera otro vestido, y no forzarla de ese modo a cambiar su forma de hacer las cosas.
Cuando hacía exactamente ocho minutos que la burbuja superior había quedado vacía, el hombre se levantó, como impulsado por un resorte secreto. Por supuesto, no se podían explorar todas las asociaciones de un objeto tan sugerente en una sola sesión. Edith se levantó también, abrió su cartera, y le dio al hombre cuatro billetes de mil, olorosos a prensa, acabaditos de salir del banco. Cuando salió, se llevó automáticamente la cartera a la cara para no ver al próximo asociador de ideas que se encontraba sentado ante la tortuga zumbadora.