La Nación, viernes 22 de julio de 2000


De lo simple y lo complejo up

"Su ignorancia clamaba al cielo nublado"- Günter Grass, El tambor de hojalata

Los nublados del día. La mente del hombre de izquierda es complicada. Su sensibilidad a las necesidades de todos –lo que la gente de habla inglesa y alemana llama "compasión"– le obscurece obvias verdades como que la libertad de acción individual es condición necesaria y suficiente para la creatividad del ser humano, que la espontánea división del trabajo produce los mejores frutos para la colectividad o que la concentración de poder conduce a la dictadura. La mente del hombre de derecha es complicada también. Su convicción profunda de que las cosas dejadas a sí mismas tienden a la corta y a la larga a combinaciones favorables para todos, le suele velar la importancia de instaurar paliativos para transiciones dolorosas y casos de infortunio causados por el azar, la propia imprudencia o el poder de los pocos sobre los muchos. La complejidad de la mente, de izquierda o derecha, no es sino proyección de la complejidad de la mente tout court.

La complejidad es fuente de error ( errare complexus est ); pero también el error –cribado por la evolución personal, colectiva o biológica– es la vía más efectiva para encontrar soluciones óptimas. Un sistema operativo como Windows es más complejo, poderoso y sujeto a errores que un sistema sencillo pero muy seguro, como DOS. No recuerdo ni una sola vez que mi computadora se trabara cuando trabajaba en ambiente DOS hace unos 15 años. En cambio hoy, trabajando en Windows, no pasa ni siquiera un día en que no se trabe, una o varias veces. Pero Windows me ofrece un nivel de satisfacción mucho más alto. La Costa Rica del año 2000 se traba también, pero aunque el humo de los automóviles y la demagogia de diputados y precandidatos tiendan a desesperarme, no desearía volver a las aldeas donde crecí –Cartago, San José, Matina– que conformaban la Costa Rica de mis padres.

Ensayo evolutivo. Los sistemas más simples, aunque menos satisfactorios, son más seguros. En la larga historia de la evolución de las especies, el lapso más largo lo ocupó el imperio solitario de seres unicelulares. Inmensamente exitosos, les costó mucho "decidirse" a asociarse en unidades complejas. Finalmente lo hicieron. Al principio tímidamente, cuando la célula procariona se tragó a otra célula y, en vez de digerirla, la dejó existir en su citoplasma, beneficiándose de sus habilidades para producir energía. La célula atrapada se benefició a su vez de un ambiente menos azaroso, dando lugar al primer caso de un contrato feudal. Más tarde estas nuevas células (llamadas eucarionas) descubrieron la asociación entre iguales con división del trabajo, entrelazándose por señales químicas y expresando sus idénticos genes en forma diferente según la posición que ocuparan dentro del conjunto. Surgieron así los seres multicelulares; sus ejemplares más complejos somos nosotros. Desde hace unos cuantos cientos de milenios, nosotros mismos ensayamos nuevas formas de asociación, más allá de la señalización química y de la expresión diferenciada de los genes, por medio del intercambio cultural de símbolos. Fue así que la política hizo su entrada en el planeta. Todavía simple ensayo evolutivo, no ha terminado de convencernos a todos de su conveniencia como un nuevo nivel de la vida orgánica.

Espléndido y enmarañado. Complejidad y simplicidad son las dos caras de la evolución genética. La inmensa complejidad de nuestro cerebros, con cientos de millones de células, contrasta con la simplicidad de sus neuronas y el reducido número de tipos de señales químicas que las entrelazan, iguales para todos los mamíferos. Uno de los descubridores del ADN, Sir Francis Crick, se enamoró de la complejidad cerebral en los años ochenta y contribuyó a elucidarla mediante un estudio exhaustivo de la neurología de la visión en el ser humano. Se propuso encontrar el órgano de la conciencia visual en alguna zona del cerebro, como Descartes hace varios siglos indagó por la sede del alma. Con los métodos de las ciencias empíricas, fue capaz de seguir el camino de los impulsos nerviosos desatados por la luz a partir de la retina. Logró trazar las rutas de esas señales, y comprobó que invariablemente terminaban retroalimentando diversos núcleos o áreas cerebrales donde ya habían estado antes, conformando un espléndido y enmarañado círculo. Pudo demostrar más allá de duda razonable que no hay "presidencia ejecutiva" en el cerebro. El cerebro todo, en su complejidad reentrante, es la conciencia visual.

Caminos trillados pavimentados por ensayos y corrección de errores, aunque parezcan no terminar en ninguna parte, son los que la evolución suele consagrar como mejores soluciones.

Copyright © 2000 Claudio Gutiérrez