Prefiero denominar "abierta y progresista" a la sociedad en que creemos, y no simplemente "democrática", porque es obvio que esta última expresión se presta a las interpretaciones más diversas, en el norte y en el sur, en el este y en el oeste. En cambio, los calificativos de "abierta", como opuesta a dictatorial, y "progresista" como opuesta a conservadora, permiten una caracterización más exacta de nuestros ideales.
La educación en una sociedad conservadora es una empresa al servicio de grupos minoritarios, encargada de afianzar las ilusiones de las clases oprimidas, para mantenerlas dóciles y resignadas; así como de preparar los recursos humanos indispensables para que la máquina social trabaje con eficiencia en beneficio de grupos dominantes. La educación en una sociedad cerrada, tiende a regimentar la población, asegurar el dominio de los llamados líderes naturales, sean aristocracia o partido político mesiánico, y perpetuar la aceptación uniforme del credo filosófico imperante.
La sociedad no progresista es insensible a los imperativos de la responsabilidad que tenemos unos para los otros como miembros de un mismo cuerpo social. En ella rige el principio de "cada uno en lo suyo", de acuerdo a la excusa de Cain: "No soy yo el guardián de mi hermano". No obstante esta ceguera moral, hay que reconocer que tiene los ojos muy abiertos ante realidades de la vida, a saber, la pluralidad de quehaceres y de intereses, la multiplicidad de propósitos humanos, la fuerza del incentivo económico como determinante social.
La sociedad cerrada, por su parte, aunque profesa oficialmente los más altos ideales, sean los de la justicia platónica, la caridad cristiana o el humanismo comunista, sustenta la creencia errada de que el cuerpo social puede entenderse como una unidad, con fines o necesidades que se descubren y definen de manera unívoca por el arbitraje de reyes-filósofos o iluminados miembros de un Comité Político.
Para el educador ha sido siempre fácil sentir simpatía por los ideólogos de la sociedad cerrada y antipatía por los de la sociedad no progresista. Se alinea fácilmente con Platón, mientras que siente escrúpulos para defender doctrinas como las de Hobbes o de Adam Smith. La razón de esta tendencia hay que hallarla, según el filósofo inglés Karl Popper, en lo lisonjero que resulta para el pedagogo el lugar encumbrado que en la maquinaria social le asigna Platón. De ahí que sea conveniente añadir algunas palabras para denunciar esa posición.
El gran filósofo griego, uno de los escritores más brillantes que ha conocido el mundo, pero también uno de los más reaccionarios, defiende su teoría social mediante la gran metáfora de los componentes del alma. Esta metáfora afirma que la fundamental unidad de la persona humana está dada por su alma racional: la unicidad del alma, que es además garantía de su indestructibilidad, sirve de parangón para la unicidad que postula en el todo social, fundamento de su totalitarismo. Esta teoría de la unicidad del alma ha tenido muchas vicisitudes; prolongada en la Edad Media a través del neoplatonismo y la doctrina de los Padres de la Iglesia, es suplantada en el Renacimiento por el dualismo cartesiano que concibe al hombre como conjunto heterogéneo de alma y cuerpo, pensamiento y extensión. A comienzos del siglo XX, la revolución psicológica de Sigmund Freud modifica a su vez el esquema cartesiano para entender la persona como una trilogía: id, ego y superego.
Hoy por hoy, sin embargo, los estudiosos de la psicología, la antropología, la fisiología y la cibernética llegan a conclusiones diferentes sobre el aspecto cuantitativo en la naturaleza del hombre; y así la unicidad, el dualismo o la trinidad de sus partes aparecen como poco menos que caprichosos mitos ideados por pensadores inteligentes. La persona humana se nos ofrece más bien como un sistema de sistemas, un conjunto muy articulado de órganos y relaciones diversas; el resultado de una "composición de fuerzas", múltiples pero organizadas, opuestas o coordinadas entre sí de una manera parecida a las alianzas y contra alianzas que se establecen entre los diversos sectores de la sociedad. El hombre, el individuo humano, se presenta como una "población de diferencias" que vive un equilibrio inestable y siempre cambiante entre sus distintos componentes. En esta concepción se explica por ejemplo el fenómeno de la perturbación de la salud mental como la guerra intestina de esa población de diferencias, guerra que resulta muchas veces en empate cuando diversos aspectos de la personalidad se neutralizan unos a los otros. Cada aspecto de la personalidad comprometido en esa guerra o en ese equilibrio inestable, dispone de su propia energía, de apoyo propio dentro de los sistemas del organismo, por así decirlo de sus propios adherentes; y, por supuesto, tiene que contar también con el enfrentamiento de determinados opositores. El parecido con lo que ocurre en el mundo exterior, en la colectividad de los hombres, es evidente. En esto la visión contemporánea coincide con la de Platón: el paralelismo entre el mundo interno del hombre y el mundo social parece ser una ley de la naturaleza; pero la supera al negar que lo que sucede en ambos mundos se dé bajo el signo de la unicidad; por el contrario, lo que sucede se da bajo el signo de una multiplicidad indefinida: la diversidad, el contraste y la pugna.
La misión de la educación en una sociedad a la vez abierta y progresista no puede ser ni el servicio a los intereses de los que dominen el aparato de la producción, ni tampoco la sujeción al credo filosófico de quienes detenten el poder político. Su aspiración deberá ser, más bien, con clara comprensión de la multiplicidad de la naturaleza humana y de sus fuerzas, fomentar los ideales de copertenencia y corresponsabilidad entre los hombres. Un programa tal puede parecer contradictorio, y los teóricos de la sociedad no progresista o de la sociedad cerrada así lo enfatizan para dejar sin reconocimiento alguno de los polos de esta tensión dinámica. Pero no es imposible: la fórmula de progreso y desarrollo con respeto a la dignidad y a la multiplicidad humanas no es impracticable. Si lo fuera, y dado el paralelismo entre lo que ocurre en el medio social y en la interioridad de la persona, los psiquiatras y los terapistas de la mente se habrían hace mucho dado por vencidos. Porque precisamente su función es lograr, dentro de la persona, la liberación de fuerzas en conflicto para hacer de ella un ser más dinámico, más productivo y más libre, pero sin imponerle credos o comportamientos. Igualmente, podemos aspirar a lograr en la sociedad externa un desarrollo en que sean superados los empates y los conflictos que inmovilizan y coartan el crecimiento, pero sin imponer a las fuerzas así liberadas los confines limitantes de una planificación ideológica o de un credo político.
Lo más característico de los sistemas vivos, sean éstos sociedades u organismos, es el hecho de que, mal que bien, y mientras tengan aliento, funcionan. Mecanismos adaptativos de las más diversas clases y formas se encargan de lograr, en cada conjunto de circunstancias, una solución homeostática compatible con esas circunstancias. De aquí que el terapeuta o el reformador político no tengan como misión poner a funcionar el sistema, como sí es la tarea del ingeniero de mantenimiento que viene a revisar una máquina o una fábrica que se han detenido. El organismo y la sociedad siempre funcionan, aunque en diversos niveles de salud, de madurez, productividad o plenitud. El organismo enfermo o la sociedad mal desarrollada son aquellos que han reaccionado ante las circunstancias adversas desplegando mecanismos de defensa; los cuales salvan la crisis pero al precio de congelar posibilidades de acción y de embotar capacidades de discernimiento o sensación, en una palabra, de reducir la riqueza y la fuerza de la vida. Lo que vale para el organismo y el pueblo, enfermos o malformados, vale también para la persona o la sociedad sanas, pero inexpertas, jóvenes o ineducadas. También aquí el organismo o sociedad funcionan, pero su nivel de realización de posibilidades es reducido, porque las fuerzas que los integran no se conjugan creativamente, no están organizadas en la mejor configuración compatible con las circunstancias.
La misión del educador en una sociedad progresista y abierta es lograr, sin imposiciones mediatizantes, que la persona del educando movilice sus propios recursos para su desarrollo y el de la sociedad en que vive. Los obstáculos que se presentan a la educación no deben entenderse como resistencias ciegas que deben ser suprimidas; son más bien fuerzas que deben ser canalizadas para integrarlas en el sistema armónico de la persona plenamente sana, madura y educada.
El hombre es la totalidad de su experiencia y de las fuerzas que en él actúan; todo lo que en él palpita debe ser energizado como parte de su carácter. Si en el proceso educativo hay resistencias, deben ser identificadas y movilizadas, no pasadas por alto ni suprimidas; son tan parte de la persona como cualquier otro aspecto más favorable o positivo. Reprimir una fuerza personal, como pretender lo mismo con una fuerza social, es un engaño y una invitación al desastre. Las fuerzas todas, individuales y sociales, deben ser liberadas del estado de empate en que se encuentren; deben ser integradas en aquella unidad superior que, reconociendo a cada una su propia contribución, erija como configuración dominante la composición de fuerzas más definida, más potente, más humana y más creativa posible.
El paralelismo entre lo individual y lo colectivo hace que todo profesional graduado de una universidad tenga funciones de educador, en un sentido o en otro. Si el educador es un coordinador de recursos, un estimulador de configuraciones productivas, cada profesional puede y debe desempeñar un papel en la promoción del hombre en lo individual y en lo social. En el desempeño de sus técnicas específicas, sabrá descubrir e impulsar las más sabias combinaciones de fuerzas, según su ramo: en las artes, en las letras, en las disciplinas jurídicas o económicas, en las ingenierías, en las ciencias básicas, en las ciencias de la salud, en las ciencias sociales. Pero además, todo egresado de educación superior tendrá también una vocación común, fruto del compromiso universitario con el método científico y con el cambio social hacia la realización máxima del bien colectivo. Esa vocación consiste en llevar a todo campo de trabajo una actitud crítica ante los métodos y los marcos de referencia de la labor profesional, para juzgarlos desde el punto de vista de su efectividad y de su justicia. En esa coyuntura cada graduado universitario debe actuar no solo como un educador sino también como un científico social, y tratar de aclarar y determinar les potencialidades y límites de su propia profesión; las potencialidades, para buscar aplicarlas al máximo en beneficio propio y de los semejantes; los límites, para emplearlos con inteligencia y eventualmente superarlos, ampliando los horizontes de la propia realización y del despliegue de nuevas generaciones de graduados universitarios.