up La Nación, Lunes 15 de julio 2002 up

El submarino amarillo

Durante una reciente breve estadía en Bélgica, tengo un sueño extraño especialmente vívido. Una mujer bella, en su cincuentena, su piel blanca salpicada de manchas rojas, tararea insistentemente una canción mientras trata de apartar a dos hermanos que se están peleando por ella. La escena se repite varias veces, en tanto que la melodía va haciéndose cada vez más reconocible, hasta que las notas ya inconfundibles de Yellow Submarine me hacen despertar de repente, con una sensación de eureka en la mente y un sabor agridulce en el corazón.

Salgo temprano de mi hotel de medio pelo (su mejor mitad, porque el cuarto es limpio y el desayuno, abundante). Algunos trasnochadores turcos celebran todavía en el barrio obrero de Bruselas el triunfo obtenido para el tercer lugar de la Copa del Mundo. Subo a un romántico y cómodo tranvía (¿por qué los habrán quitado en San José?) y me pongo a tratar de clasificar a sus ocupantes como flamencos o valones, las dos "razas" mayoritarias que pueblan el país, hasta que los titulares de un periódico llevan mi atención al último capítulo de la matanza israelí-palestina que no parece cesar en su violencia fratricida.

Las notas de los Beatles vuelven a resonar en mi cabeza y me pregunto: ¿Cuál es la extensión de Bélgica? ¿Será comparable a la de "la tierra prometida"? Y los números de flamencos y valones ¿serán proporcionalmente diferentes de los de árabes y judíos? Aquí también se libraron batallas interminables entre habitantes que intentaban tirarse al mar unos a otros, todo por opiniones diferentes sobre el color de su submarino. Porque, aunque la opinión de los Beatles sobre la materia es importante y yo coincida con ellos en preferir el color amarillo a todos los demás, por supuesto no es vinculante para nadie. Lo único vinculante en esta materia es que no podemos salir del submarino para comprobar su color, y por eso cualquier opinión al respecto debe tomarse como igualmente válida o inválida. Algo más es también vinculante: el hedor de los cadáveres dentro de un submarino no es soportable y afecta a todos sus ocupantes, sin importar el color con que esté pintado por fuera. Tampoco tiene importancia cómo cada ocupante llegó ahí, por qué causa histórica o trascendente haya quedado atrapado en ese submarino: el hecho brutal es que está ahí y no puede salir. La verdad profunda que nos recuerdan los Beatles es que, sea el submarino pequeño como una provincia o grande como el mundo, "we are all in a yellow submarine, yellow submarine, yellow submarine...". Y es el mismo submarino. Todos tenemos que vivir con eso.

El tranvía pasa por un costado del Palacio Real y sube todavía, doblando hacia la derecha y siguiendo un poco más hasta detenerse delante del imponente Palacio de Justicia. Fue construido por el rey Leopoldo en las dimensiones colosales que tiene, dicen que para recordar a súbditos pendencieros que deben vivir dentro de una misma ley y en paz. Frente a esa majestuosa estructura desciendo del tranvía y espero un bus que pueda conducirme a las inmensas modernas instalaciones de la Unión Europea, el grandioso contrato social que une hoy en un solo bloque pacífico a rivales que guerrearon a muerte hasta hace solo medio siglo. Ahora disfrutan de una sola moneda –que para mi preocupación ha subido durante mi viaje hasta colocarse a la par del dólar–, fronteras totalmente permeables y sabias leyes comunes o cada vez más semejantes. Y todo ello a pesar de que hablan idiomas diversos, profesan diferentes religiones o ninguna y poseen ideas muy distintas sobre el color de su propio submarino o la música de los Beatles.

Copyright © 2002 Claudio Gutiérrez