Con ocasión del cumplimiento de cuatro décadas de existencia de la Universidad de Costa Rica, motivo de júbilo para todos los costarricenses, rendimos homenaje a dos ilustres ciudadanos sin cuya oportuna y decidida actuación el resurgimiento de esta entidad no hubiera sido posible: el doctor Rafael Angel Calderón Guardia y el licenciado Luis Demetrio Tinoco Castro. El uno como presidente de la república y el otro como secretario de educación Ppública, supieron interpretar correctamente el espíritu de los tiempos y llevaron a la realidad un anhelo nacional expresado reiteradamente desde 1919 por muchos connotados costarricenses. Si la idea no era nueva, sí lo fue, y eficaz, la voluntad política de llevarla a la práctica. Con ello inauguraba el Ppresidente una administración que se caracterizaría por la visionaria empresa de la reforma social, y el joven secretario plasmaría en realidad un nuevo fundamento para nuestra institución universitaria. La primera piedra quedaba puesta. Seguiría el arduo camino de la construcción. Al principio, un manojo de facultades y profesores, y menos de ochocientos alumnos. En el futuro, una institución de treinta mil estudiantes que habría de contribuir como la que más durante sus primeras cuatro décadas a la edificación de una nueva Costa Rica.
Tres vocaciones manifestará desde entonces la Universidad de Costa Rica:
La primera vocación de la Universidad será por la autonomía; sus primeros dirigentes se esforzarán por garantizarla, y lograrán llevarla a principio constitucional en 1949. Quedará la Universidad de Costa Rica dotada de las potestades de darse su propio régimen administrativo, de trazar con independencia sus políticas y de adquirir su propia estructura orgánica. Se aseguraba así que la nueva institución, al independizarse de las luchas políticas, seria crisol de diversas tendencias de pensamiento y permanecería ajena a dogmatismos y discriminaciones. Acaso en la actitud de los universitarios y diputados del período 1940-1949 se prefiguraba el secreto anhelo expresado por Rodrigo Facio de tener una "pequeña república universitaria . . . modelo sugestivo para la grande república nacional". Y sin duda se encarnaba la tradición costarricense que ha hecho de la autodeterminación la piedra fundamental de la vida ciudadana.
Fue también desde el principio que se comprendió que el universitario debía ser un profesional con cultura humanista. La semilla de la reforma universitaria de 1957 estaba sembrada desde los años cuarenta. Pero tocó a los hombres de la segunda y tercera décadas hacer manifiesta esta preocupación por superar, en palabras de Rodrigo Facio, "la atomización del concepto y la estructura de la universidad, y las graves consecuencias que por obra de las especializaciones prematuras y encerradas en sí mismas, tienden a producirse en la formación del universitario..." (4 de marzo de 57). Ya en 1946 habían presentado los profesores Abelardo Bonilla y Enrique Macaya al Primer Congreso Universitario de Costa Rica una ponencia para reorganizar la institución según esas líneas. Pero no es sino después de largo debate, bajo el experto liderato de Rodrigo Facio, que la idea se concreta en el histórico acuerdo de Reforma Universitaria que tomamos por unanimidad en la asamblea universitaria del 30 de abril de 1955. Se crea entonces una Facultad Central de Ciencias y Letras, albergue del programa de estudios generales y de los departamentos académicos de la universidad. Con la importación de profesores extranjeros –especialmente europeos– y la construcción de una cCiudad Universitaria poblada de profesores de tiempo completo, la reforma académica consolidará la nueva universidad. Como se enorgullecía de repetir Rodrigo Facio, la reorganización no fue "impuesta, artificial o caprichosa" sino "de adentro para afuera, con la naturalidad y la fuerza con que la cosecha revienta de la mies". Una reorganización que en los años siguientes va permeando toda la institución, conforme los estudiantes del nuevo plan, cada vez más críticos y más exigentes, avanzan en los distintos programas profesionales. A la reforma universitaria global se uniría pronto –consecuencia inevitable– la reforma de las facultades, cual reacción en cadena de progresivo enriquecimiento académico.
Como sucede en todo proceso histórico, cada etapa lleva en sí el germen que engendra la etapa que habrá de sucederla. La reforma académica hace surgir numerosas vocaciones intelectuales en que líderes académicos de visión cimentarán un vasto programa de formación superior de profesores en las más reputadas universidades del mundo. Con el regreso de esos becarios, llenos de vivencias novedosas y deseosos de plasmarlas en realidad, se desencadena el movimiento que lleva al Tercer Congreso Universitario. Las discusiones de 1971 y 1972 adaptaron las estructuras al crecimiento cuantitativo de la universidad, pero además prepararon a la Institución cualitativamente para asumir con mayor plenitud sus responsabilidades ante la sociedad.
La vocación de integrar la universidad a la realidad nacional quedará desglosada de manera expresa en la trinidad de funciones que consagra ahora nuestro estatuto orgánico: la docencia, la investigación y la acción social. Por la docencia, formamos al hombre costarricense, en un nivel superior de profesionalización y humanismo; por la investigación, analizamos y creamos ideas, desde las más abstractas hasta las más concretas; seres humanos mejores e ideas mejores son la contribución que da la universidad a la sociedad y que proyecta hacia ella la acción social.
La inserción de la institución en la sociedad, queda planteada como una relación dinámica y difícil. Por un lado, la universidad está inmersa en la sociedad. Por el otro, debe distinguirse de ella; para contemplarla, analizarla y contribuir a su transformación. En cuanto inmersa en la sociedad, la universidad realiza una actividad de conservación: transmite a los jóvenes valores y conocimientos legados por anteriores generaciones y produce los cuadros dirigentes y técnicos que necesita la sociedad para mantenerse en funcionamiento. En cuanto contrapuesta a la sociedad, la universidad realiza labor innovadora: analiza críticamente los problemas del país y ofrece alternativas para su solución, de carácter objetivo y científico.
En esta compleja vocación universitaria nos hemos formado y con ella pretendemos recibir el futuro. Somos fieles a nuestra historia y eso mismo nos obliga a cuestionar constantemente nuestros logros. Pero somos responsables frente al porvenir, porque lo que llegue a ser Costa Rica en las décadas próximas depende de lo que hagamos ahora. Por eso queremos seguir siendo una universidad que se estima a sí misma pero que no mira con nostalgia al pasado; una universidad que percibe la realidad que la rodea pero que no clava sus anclas en el presente; y una universidad que, sobre todo, pone sus mejores esfuerzos –y sus experiencias pasadas y presentes– en la plasmación del Futuro. En suma, una institución que, bajo la inspiración de nuestros mayores y con la energía de las nuevas generaciones, como lo comanda nuestro lema: mire siempre hacia adelante, hacia la luz.